Le perdí para siempre.
Iris Rodríguez | Iris Rodríguez

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No sé ni cómo he comenzado a escribir, si cada vez que lo recuerdo, lágrimas corren por mis

mejillas. Pero escribir es mi manera de desahogarme y también de recordarle a él, a mi abuelo,

la primera persona de mi vida que he perdido.

No tengo nítido cómo estaba antes de recibir la noticia, pero sí sé perfectamente como me

encontrada después: completamente en shock.

Me temblaban las manos mientras hablaba por teléfono con mi padre, al que oía muy

afectado, mi respiración se entrecortaba, no sabía si quería llorar, gritar o salir corriendo de allí

y abrazarle con fuerza. No podía ser verdad. Mi abuelo, el hombre fuerte, grande, de sonrisa

permanente no se podía haber ido.

Me costó unos minutos reponerme, el temblor de mis manos pasó a todo mi cuerpo y tuve que

tomar asiento. Tenía que mantener la compostura. Había salido al jardín de la oficina, pero

volvería a entrar, contaría lo sucedido y me marcharía de allí. En esos instantes solo me

importaba llegar al pueblo para estar con mi padre y me daba igual si no lo entendían.

Pero claro que lo entendieron, me abrazaron y me dijeron “lo siento”. Jamás había escuchado

esas dos palabras dirigidas a mí y no sería la única vez que las oiría. Me recorrió un escalofrío.

Era verdad. Había algo que sentir.

Quince minutos después mi pareja estaba esperándome en la puerta para acogerme en sus

brazos, yo seguía en shock, lloraba, pero no lo suficiente para desahogarme y no dejaba de

temblar. Qué sensación más mala, que ni sintiéndome segura podía soltar todo el sufrimiento

que en ese momento corría por mi cuerpo.

Fuimos a buscar a mi hermana, ella no había cogido el teléfono, así que se enteraría más tarde

y yo quería estar cerca cuando eso ocurriera. Cuando la vi la sostuve todo lo fuerte que pude,

intentando darla el sostén emocional que incluso a mí me faltaba. No era fácil para ninguna de

las dos, pero al menos era un dolor compartido.

Las siguientes tres horas fueron un cúmulo de acontecimientos para preparar el viaje al pueblo.

En ese tiempo, yo no era cien por cien consciente de lo que estaba sucediendo, solo quería ver

a mi padre, acompañarle en su pena y no soltarle nunca.

Según nos aproximábamos al tanatorio empecé a notar mis manos frías, heladas, me picaban

los ojos… En ese momento supe que lo peor estaba por llegar.

Salí del coche con un rumbo fijo, abrazar al hombre que me dio la vida. Él nos estaba

esperando a mi hermana y a mí, pero no movió un músculo para andar hacia nosotras, no

podía, estaba roto. Entre las dos le arropamos con nuestros brazos y los tres lloramos,

creyéndonos solos en un lugar repleto de gente.

Minutos después estaba frente al ataúd de mi abuelo y su foto sonriente me miraba. Era real.

Había perdido a mi abuelo para siempre.