1193. LENGUA KARATEKA
Cristina Navarro Soler | A todo que sí

El chico era bastante mono, aunque no tuve un flechazo cuando lo vi. Cupido estaría de resaca ese día. Por lo menos se parecía a la foto que tenía en su perfil de Tinder. Había puesto su mejor foto, claro. Como hacemos todos. La del perfil bueno. Y los que no tenemos perfil bueno… pues la del menos malo.
Empezamos a pedir birras y estuvimos un rato charlando. Y ya sabes, el número de cervezas que llevas encima es directamente proporcional al nivel de atractivo que va adquiriendo la persona que tienes enfrente. Después de la quinta, me parecía un auténtico pibón.

De repente llegó el momento decisivo: el beso. Y, a partir de ahí, todo fue de mal en peor. El chico se abalanzó sobre mí, como una hiena famélica sobre una cebra regordeta y despistada. Ansia viva. Me llevé un buen susto eh, no sabía si iba a besarme o a darme un cabezazo en la cara. Y empezó a morrearme, con una intensidad descontrolada. Parecía que en vez de cinco birras se había metido cinco ra…Redbulls; giraba la lengua a una velocidad impresionante. A mí es que el rollo lengua centrifugadora no me va nada, me corta el rollo. De raíz. Intenté seguirle el ritmo al principio, pero era agotador. ¡Joder, qué dolor de mandíbula! Ya verás mañana qué agujetas en la lengua. Me dolía hasta el frenillo, de tanto estirar. ¿Te acuerdas de esas batallas a las que jugábamos de pequeños con el dedo pulgar, en las que tenías que “atrapar” el pulgar de tu contrincante con el tuyo? Pues algo parecido es lo que estuvimos haciendo, pero con la lengua. Un coñazo. Mi libido cayó hasta el sótano.
Hay momentos para todo, hasta para estos morreos centrifugados. En un bar, de fiesta, a las tantas de la noche… pues bueno, te lo compro. Pero es que estábamos en una cafetería de barrio, a las seis de la tarde, con dos niños merendando su bocadillo y su vaso de Cacaolat en la mesa de al lado. Y claro, la abuela con cara de susto.

¡Y qué cantidad de saliva! Joder, qué asco. ¿Pero por qué no traga? Un poco de saliva vale, pero es que esto es una puta piscina. Si lo llego a saber me traigo el bañador y me hago unos largos. Ya podría darme un poco a mí… los antidepresivos me dejan la boca más seca que el codo de un marinero. ¿Pero qué tiene este chico en la boca? ¿Caracoles? ¿El Perro de Pavlov? ¿Ha pillado la rabia?

En fin. Que voy a poner una excusa barata y salgo por patas de este bar. Ah, y de camino a casa me compro un helado, que mi lengua va a agradecer algo frío, la noto dolorida. Pobrecita… se esperaba una tarde de besos románticos y se ha llevado un entrenamiento de karate.