LETRAHERIDOS
MANUEL GUTIÉRREZ RAMÓN | CLEÓBULO

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«Nekane ya no mira al firmamento, puede verlo en los libros, asomada a las terrazas de papel, a galaxias que sueñan en espiral, a versos visitados por cometas, capítulos repletos de constelaciones, lágrimas de tinta sobre sonrisas blancas y un marcapáginas para cada emoción, las que señalizan el viaje en un barco con cinco letras: una zeta junto a la popa y en la proa la a de asombro, las tres de maravilla». Esta última palabra ensancha su sentido, por si fuera poco, cada mañana que visito la librería Suspiros Literarios. Y esperando a Nekane, a quien nunca he visto, confío en hacer honor al párrafo que voy rumiando y a la librería misma, es decir, maravillarme y suspirar, si la dama de mi desvelo cumple también mis expectativas o las supera, porque ya lo ha hecho mil veces así, sin vernos, como al quedar hoy en este templo para devotos letraheridos, levantado con los lugares de culto que hemos visitado antes, empezando por la catedral del deseo, el altar de la imaginación, la meca de las peregrinaciones hacia el fondo de nosotros mismos y un olimpo por el que no subimos a las nubes, son ellas las que bajan, mientras la propia lectura se presta a sacarnos el billete para todos los destinos.

Nos hemos dado tantos besos terminados en puntos suspensivos… que se han convertido en tres líneas discontinuas sobre la carretera de esta pasión, indicándonos por donde adelantar, aunque no haya más señales de tráfico. Lejos de ser una carrera contrarreloj, mi tiempo dedicado a Nekane tampoco se mide en simétricas horas, solo marca lo que cuenta y, como ahora, merece contarse a las seis de la tarde de un día que se ha fugado del calendario, puntual a la libertad, cuando te acercas a Suspiros Literarios con más de uno escapando de camino por el bulevar del suspense y la avenida de los nervios compartidos. Al entrar, te reconozco gracias a la blusa púrpura y la falda plisada de la foto que me ha vestido el magín, avanzas entre estanterías y las novelas derraman sus verbos, cortándose las venas narrativas, para volver a redactar lo escrito con una Ana Karenina sin título nobiliario, un amante que prefiere la aristocracia de tu bondad, y esa chica soñadora a quien reverencian con tu permiso, pero no con el mío.

Innumerables historias se dan codazos por relatar la nuestra, en este encuentro inaugural que va a perpetuarse ante los guiños de Tolstoi, los vivas de Flaubert, testigos de renombre o de póstuma gloria, personajes que o nos jalean o murmuran, estrellas de cine que se estrellan frente a tu hechizo, una película rodando sobre la alfombra roja del festival de la improvisación, en la que la vida es eso, sin trampas ni miedo, vida. Y para los dos, empezar, ha empezado a las seis de esta tarde, extendiéndose lo justo, lo que dura un castillo de fuegos artificiales al estirar hasta lo imposible la fascinación.