40. LIBER AL VEL LEGIS
Cayetano Gea Martín | Epicteto Martín

¡Oh, Nuit, que cubres la tierra con tu cuerpo de bóveda celeste! ¡Oh, Hadit, dios-serpiente, Apophis, señor del Nilo! Permitid que vuestro siervo, Ra-Hoor-Khuit, sacerdote de Horus, El-que-todo-lo-escribe, ¡entregue su corazón en la balanza de la vida y la muerte! Que los eunucos dispongan mis órganos en los vasos canopes. ¡Vamos, ya!

Dos lunas han pasado desde que se consumó la traición hacia mi persona. Dos lunas desde que Ahman-Su-Nerut emponzoñó las aguas con su toxina mortal. Yo, Ra-Hoor-Khuit, el escriba de los escribas, elegido de Horus, me veo obligado a dictar estas palabras a mi esclavo judío y manco, incapaz como soy de escribir mi propio testamento. ¡Oh, destino! ¡Seth cruel, mamporrero del Río, cómo debes burlarte de mi final!
Pero debo apresurarme. Pronto Anubis me cogerá de la mano y me llevará ante el juicio de Osiris donde todos, señores y esclavos, debemos rendir cuentas, tarde o temprano, ante el tribunal del inframundo. Mucho me apesadumbra el no pasar la prueba. ¡Me temo que mi corazón no será más ligero que la pluma!
Mi vida ha sido un delirio. Mi boca ha apurado hasta las heces los néctares del Nilo. He sucumbido con ambas manos a los placeres. Con mis pies he hollado los salones clandestinos donde los juncos del loto se yerguen firmes como penes de esclavos. Mi ano ha sido la vasija de placeres invertidos, buscando la sabiduría que mora en el camino de la mano izquierda. ¡Oh, he pecado arrojando mi simiente contra el rostro de Amón!

¡Mi final está cerca! Pronto estaré en la Duat, en el juicio de Osiris. ¡Se me declarará indigno de los campos de Aaru y el monstruo Ammyt me devorará y se producirá mi segunda muerte! ¡Que sirva de ejemplo! No desaprovechéis la vida en placeres triviales. ¡Oh, pronto yacerá Ra-Hoor-Khuit, sacerdote de Horus, envenenado por su mujer, Ahman-Su-Nerut! ¡Extinción total del alma, me entrego a ti!

– Perdone, pero para ir tramitando mientras llegamos al hospital, ¿el nombre de su marido era…?
– Ramón Huertas Cádiz. Y el mío es Ana Sanz Noria.
– ¿Y qué es lo que dice que ingirió su marido?
– Detergente para lavadoras.
– ¿Y eso?
– ¡Por mi culpa! Tengo la manía de echarlo todo en botecitos de cristal. Mi pobre Ramón confundió el azúcar del café con el detergente.
– Entiendo. Bueno, ya queda poco para llegar y su marido, de momento, parece estable.
– Pobre, qué mal color de cara tiene. ¿Usted cree que se pondrá bien?
– Yo creo que sí, pero no lo puedo asegurar. En cuanto lleguemos, el doctor de guardia será quien se encargue.
– ¿El doctor de guardia?
– Su marido estará en muy buenas manos. Es un especialista en intoxicaciones que ha llegado hace poco de… No recuerdo bien. Enfermera Nuit, ilústreme ¿de dónde era el doctor de los venenos? De México o así, ¿no?
– Sí. El doctor Leopoldo Osiris.