1523. LIBERTAD SABOR ARÁNDANO
MIRIAM GARCÍA GONZÁLEZ | MER ADONAI

Para mí las puertas no son las puertas, sino las ventanas. Yo entro a las casas por las ventanas. Y mi casa no es una casa, sino el huevo de un avestruz. Me escondo en los huevos de avestruz. La cáscara es mi sombrero, y con él saludo al viejo y anciano vecino que se sienta bajo el árbol todos los mediodías. Me mira siempre con la boca abierta mientras mastica arándanos. Le veo los labios pintados de rosa y le gritó desde el cascarón:
-¿Están buenos los garbanzos?
-¡Son arándanos, niño! –sonríe con las encías melladas. -¡Arándanos, oyes!
-Desde aquí parecen garbanzos, abuelo.
-Y tú desde allí… -se interrumpió para coger otro arándano del cuenco de coco abierto. –¡tú desde allí pareces más chico!
Soy feliz así. No necesito que los automóviles sean automóviles, porque yo viajo por las grandes hojas verdes de la selva. Abro los plátanos por la base con mis dedos rechonchos y sucios de rabiosa libertad. Soy amigo de los animales y aquí, nunca lloro. El viejo cuando me ve de lejos con mi mejor compañía, mi perro Skiper, suele empezar la misma conversación:
-¡Eh, muchacho! ¿Qué es esa bola peluda que tienes al lado?
Yo me río para mis adentros porque su cara expresa extremada preocupación, como si estuviese observando lo más raro que haya visto nunca.
-¿Qué es? –vuelve a repetir.
-¡Mi hijo! ¡Lo que más quiero en el mundo!
-¡Pues menuda cosa es tu hijo! Desde aquí es como un montón de paja con dos agujeros negros.
Skiper y yo nos miramos, y mutuamente nos transmitimos con la mirada una sonrisa cómplice. ¡Vaya elemento está hecho el abuelo! Parece que nos decimos al mirarnos.
Pero como un gesto instintivo, llevamos los ojos a nuestro techo que son las ramas caídas de un álamo enorme y ambos compartimos el mismo pensamiento: verdaderamente, los personajes de esta aldea son los pájaros, pues cuando creen que nadie los ve, se cuelgan de un ala y juegan a balancearse todos juntos.
-¿Qué bichos son esos, niño? ¿qué bichos esos que flotan en el aire?
-¡Las peras maduras, que están para comer ya! -Le vocifero alegre, mientras él se termina el cuenco de garbanzos morados.