1380. LINDES
LOLA SANABRIA GARCÍA | Petirroja

Sentado en la piedra, sacaba virutas del palo con la navaja, en silencio. Paró para beber de la bota de vino.

—Te daría un trago, Indalecio, pero sería prolongar la agonía. Mejor que acabe cuanto antes. Te queda poco, unas horas, quizás llegues a la noche. Ahora que, a cabezón no te gana nadie y eres capaz de tirar unos días más.

Las chicharras restallaban sus patas, exasperantes, bajo el sol del mediodía. Pasó una bandada de patos. Demetrio dejó de alisar el palo, agarró la escopeta y se levantó mientras ordenaba al vecino silencio. Indalecio abrió los ojos pitirrosos y dejó que un silbido reabriera la grieta de su labio reseco. Los patos se dispersaron con un alboroto de alas y graznidos.

—¡Me cago en ti, Indalecio!— gritó Demetrio mientras disparaba con rabia al aire. Después volvió a sentarse en la piedra, cogió el palo y lo atravesó sobre el que ya había alisado- Mira qué bien va a quedar la cruz. Anoche-, continuó mientras seguía con el trabajo-, estuve haciendo un hoyo en la cerca, justo en el linde con la tuya. Bueno, tuya, no, porque a ver quién va a reclamarla cuando no estés. ¿Ves lo que pasa por ser tan avaricioso? Te lo dije muchas veces, Indalecio, el linde era el chaparro, pero tú, con lo ceporro que eres, que nada, que un celemín más de tierra para ti.

Cuando terminó, cogió cuerda y ató los dos palos, cruzados.

—Que no se diga que no soy un buen cristiano.

Volvió a beber de la bota. Un gorrión se posó en una rama de la higuera.

-—¿Qué miras? ¿Buscas a tu perro? Mira, no tenía nada en contra de tu perro, pero andaba envenenado. A ver si no, después de haber lamido ese pie que ya tienes podrido. Lo hice para que dejara de sufrir. Y no creas que no echo de menos sus ladridos. Los echo. Que hay que ver cómo saltaba intentando coger a los gorriones que se posaban en la higuera, el muy tonto. Y ahora que lo pienso, también te voy a echar de menos a ti. Porque ¿con quién voy a discutir si sólo quedamos tú y yo en este pueblo? ¿A quién le tiraré pedradas cada vez que me encuentre con una meada a la puerta de mi casa? ¿Con quién discutiré sobre lindes?

Se levantó de la piedra, se anudó un pañuelo en la nuca, tapando la nariz y la boca, luego se acercó a Indalecio y abrió el cepo para alimañas que atrapaba entre sus dientes el pie de su vecino.

-—¡Ea, venga, anímate!— dijo a Indalecio quien, después de balbucir un me cago en tus muertos, se convirtió en el cadáver que Demetrio tanto había deseado.