1517. LLAMÉMOSLE X
Isabel Gonzalez Villafranca | IsaG

“¡Tú te has hecho algo en la cara!”
“¿Has vuelto a quedar con el empotrador o qué?”

¡Aiii si supieran!¡Si supieran que la vergüenza tiene más efecto en la piel que el Baby Botox! Si supieran que los malos ratos estiran la cara. Si supieran que en los momentos de “tierra trágame”, esa tierra es buenísima para el cutis. Pero, ¿compensa? Porque…¡QUÉ VERGÜENZA!

¿Qué por qué tengo tan bien la cara? No lo sé, solo sé que lo que no tenía tan bien eran las ingles.

Pues eso, resulta que llevaba un tiempo con dolores en las ingles, sí, ingles. Y cuidado con leerlo con tilde, que parece que te estoy escuchando. Qué si lo lees con tilde es otra cosa. A ver, repite conmigo: ingles, inglés, ingles, inglés, inglés, inglés, ingles…

Pues eso, que me dolían las INGLES y después de varias pruebas me mandaron una radiografía. Ai madre, que me van a radiar, pensé yo. Qué bastante tengo con los móviles, los wifis, las antenas…Qué si alguna vez tengo hijos van a salir con 3 orejas. Pero la radiación y los hijos mutantes, al final, fueron lo de menos.

Llego a la sala de espera, confirmo mi llegada, y me dan un código, “XXX” y espero a que salga mi numerito por la pantalla. Y de repente sale, qué rápido, así da gusto. Sala Rayos X13, pues allá que voy.

Voy tímida, insegura. A mis 32 años nunca me han hecho una radiografía y aunque tengo muchos referentes de pelis, no sé qué esperar, la verdad.
Entro, educada, pero con el hilillo de voz de una primera cita.
Hay como un sonido constante, de fondo. Estoy segura que así suena Chernóbil.

Me recibe una enfermera.
Me dice “bájese la ropa y túmbese ahí”
Yo, obediente, lo hago.
Dos milésimas después la enfermera grita:
“¡Pero las bragas no, mujer! Qué te voy a ver to el chumino”

Me arden los mofletes. Me quema la cara. Estoy roja como un tomate, lo noto.
¿Tan desesperada estoy? ¿Qué voy por ahí enseñando el chumino?
¿Mi mente perversa pensaba que estaba entrando a la sala X en vez de a los Rayos X? ¡Ai Dios!

Cojo mis bragas, mi dignidad, doy gracias al cielo que la enfermera es más salá que las pesetas, gracias también al secreto profesional (¿o eso era en abogacía?) y salgo.

No sé si porque al morirme de vergüenza y acto seguido, morirme de risa, es como que volví a nacer, y claro, nací con el cutis de un bebé. Puede que fuera la radiación o un lifting natural de la risa, no sé, llamémosle X. Pero sea como sea, por X o por B, ahí, justo ahí, me cambió la cara para siempre.

Por cierto, lo de la ingle se me pasó, la vergüenza aún no.