634. LLENO POR FAVOR
CRISTÓBAL MARTÍNEZ HARO | SECUNDA DE REGIS

El perro olisquea la tensión y deja de ladrarle al mundo por la ventana del coche para centrarse en la oreja de una señora que está punto de colapsar. Los niños pequeños discuten acaloradamente con lloriqueos, gritos desgarrados y empujones sobre los aspectos más intrincados de la supervivencia humana dentro de un espacio reducido. El adolescente salta de esta dimensión a otras gracias a unos cascos enormes que desprenden ruidos demasiado altos para mantener la calma estable y a salvo. El esposo maldice con rabia escupida cualquier contratiempo automovilístico que encuentra en la solitaria carretera al tiempo que recrimina a la abuela los incesantes sonidos que salen por todos los orificios de su encogido cuerpo. Atentos grabando, dice el maligno, que aprovecha para realizar un documental sobre el infierno. La mujer niega con la cabeza cuando el conjunto del coche se alía con la locura para irse de cervezas con el caos, y es cuando decide llorar para desahogar la impotencia. El perro vuelve a ladrar a liebres imaginarias y la abuela saca un pañuelo donde lleva unos caramelos de anís y dice que se mea, no aguanta más.
La gasolinera los recibe con una tos muy fea y seca debido al frío de la noche. El muchacho que los atiende lo apostó todo a la inteligencia hasta quedar embargado por las deudas de la ignorancia. Cada cual se dispersa por los alrededores para aliviar sus penas y darle riego sanguíneo a la cabeza y a las piernas. Los niños recargan con golosinas su egoísmo y el adolescente considera impropio miccionar en esta dimensión por lo que se queda inmóvil del todo mirando a su infinito incierto dentro del coche. El esposo paga apaleando sin piedad a una cartera temblorosa que lo mira impotente al tiempo que la mujer le riñe por todo lo alto y con la intensidad que requiere un tema que ni ella misma comprende. Todos saben que es a causa de sus deshechos nervios. El perro vuelve con algo usado y muerto en la boca y sube al automóvil. El caos vuelve a su sitio y se apodera de nuevo de toda la cordura que pueda quedar en el habitáculo. El motor cobra vida de nuevo y le ruge bravucón a la asustada carretera al tiempo que el esposo se grita otra vez por dentro y por fuera mientras se reanuda el rodaje del tormento dantesco.
Un guantazo de frío sacude las espinillas del muchacho de la gasolinera cuando ve acercarse las luces de otro coche. El vehículo abre sus bocas y vomita a varios niños y dos adultos. También llevan perro. Una luz de la gasolinera tintinea y se apaga fulminada por la oscuridad. Pasean, mean, pagan, discuten y se marchan. Al alejarse el coche entre aceleraciones agónicas del motor, el muchacho sin futuro sonríe estúpidamente cuando cree ver dentro del automóvil a una abuela muy quieta que sonríe mientras come caramelos de anís, feliz y recién meada.