699. LLÉVATE TU MÁQUINA DE ESCRIBIR
Ramón Cabrera Acero | Ray

Yo no entendía qué había estado haciendo con Brian tanto años: era bajito, medio calvo y su cara era triangular, como la de una rana. Llevaba unas gafas con tantas dioptrías que sus ojos parecían estar a miles de kilómetros de distancia, y de hecho lo estaban: sus ojos, su boca, sus manos, su alma…
Su gran problema, el problema que le tenía angustiado y que había sido la causa final de mi hartazgo, fue que se le había roto una tecla de su maldita máquina de escribir (por entonces aún no existían los ordenadores).
.-No puedo escribir. Me falta la letra “e”- decía como si su falta de talento se debiese a eso.
-¿Y no puedes escribir a mano? -le pregunté-. Balzac escribió más de doscientas obras con pluma.
-Necesito escuchar el clic-clic-clic…¡Plim! para concentrarme -me respondió mientras me agujereaba con sus diminutos ojos de batracio.
¿Qué había visto en él? Era un personaje obsesivo y quisquilloso hasta en los detalles más insignificantes; uno de esos tipos que le da vueltas y más vueltas a una cosa y que, no contentándose con darle vueltas a los asuntos más mundanos, como ahora la letra “E” de su dichosa máquina de escribir, me atosigaba a mí a todas horas, contagiándome su desdicha de escritor
frustrado.
Durante el mes siguiente a la fatídica (para él) defunción de su Olivetti, Brian solo hizo que quejarse de que no tenía dinero y de que no podía comprarse una Olivetti nueva. Yo le decía que no podía pagársela porque, con el alquiler (yo costeaba el mío y el suyo), las facturas y todo eso, no me quedaba dónde rascar. Me acusó de ser desleal, de no empatizar con sus sueños de escritor. Se
lamentaba durante el desayuno, la comida y la cena, sin tregua…
-Basta ya! Cuanto vale tu máquina de escribir -le dije, al fin-. Te la regalo, pero déjame en paz.
Brian, lejos de guardar silencio o de agradecerme el gesto, me dijo:
-Bueno, hagámoslo así. Tú la compras y cuándo yo triunfe te la pago, pero mientras te pertenece.
-Me quedé de una pieza. No no entendía nada ¿A qué venían de repente esos remilgos tras un mes de horrible sabotaje?
-¿Pero no la vas a utilizar tú? -le grité, a punto de llegar a las manos.
-Sí, pero hasta que te la pague, será suya.
Fue imposible hacerle comprender que yo no necesitaba una máquina de escribir. Las pocas cartas que enviaba a mis padres o a mis amigos las escribía a mano; a veces ni siquiera necesitaba folios, porque podía escribir en cualquier superficie lisa: papel de water, una servilleta, el reverso de un sobre…
O sea que, harta de todo, cogí la máquina de escribir que pesaba como un muerto y la arrojé por la ventana.
Y entonces le dije:
-Largo de aquí y llévate tu máquina de escribir.
Eso ocurrió hace casi treinta años, cuándo vivía en Manchester. Yo ahora soy escritora, Brian no sé, es posible que aún esté buscando una Olivetti nueva.