1040. LLUVIA DE PECES
ANGELA FERNÁNDEZ PEREZ | MALVA

LLUVIA DE PECES

De niño creía en los milagros… Hasta que un día uno me “empachó”, en el sentido literal.
Cierto día cayó del cielo una lluvia de peces. Y a partir de ese día, y los siguientes, en el desayuno, comida y cena había pescado en el plato. Mi madre enlató, congeló, puso en escabeche, secó y puso en salazón toda la lluvia piscícola que mi padre trajo aquel día extraordinario. Un milagro del cielo, dijeron mis padres. Y dicho milagro ( compartido con los vecinos) nos duró casi un año. Yo, en mi inocencia, preguntaba por qué no llovía también chocolate, filetes o zancos de pollo. Y mi madre se reía. Me explicaba lo del maná y la multiplicación de los panes y los peces.
Pero yo empezaba a estar harto de tanto pescado. Sobre todo cuando llegaba por el hueco de las escaleras aquel olor a guiso de carne de otras casas. Llegué incluso a tener pesadillas con espinas atragantadas en mi garganta, o peces de enormes fauces que me devoraban sin piedad. Es hoy el día en que odio el pescado en todas sus formas y manifestaciones, incluso pictóricas o escultóricas.
De niño creía en los milagros.
Pero no entendía cómo, existiendo en verdad los milagros, no se había producido uno que evitara la caída de mi padre del andamio, consecuencia de mi temprano ingreso en el mundo laboral para aportar ingresos a la familia, cuando todos mis amigos seguían aún en el Instituto. Así que, poco a poco, dejé de creer en ellos por injustos y selectivos.
Un día, en el bar del puerto, donde echaba la partida después de la jornada laboral( he de decir que no sólo heredé el puesto de mi padre en la Constructora sino el bareto que él solía frecuentar cada día), alguien desveló el misterio de aquel milagro de lluvia de peces de mi niñez.
Yo iba apostando fuerte. Y el viejo, dueño del bar del puerto, exclamó:
Cuidado chaval. Prudencia… A ver si te va a pasar como a tu padre en aquella famosa apuesta con el bueno de Colmenero. Ya sabes, el que tiene el barco de pesca más grande del pueblo. Le apostó toda la pesca de un mes por una noche con tu madre.
¡Menos mal que ganó tu padre!