Lo nuestro fue amor a primera bocanada de aire
Maria Sanmartí Astor | Apapachoa

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Nos vimos, al fin, un domingo. Aquel era un día de un verano que, tiempo después, se recordaría como uno de los más calurosos. El sol dirigía sus llamas con furia hacia los cuerpos, y los obligaba a refugiarse en cualquier sombra. Un árbol; un edificio, e incluso una farola. Cualquier lugar servía para resguardarse de aquel calor que enrojecía la piel a todas horas.

Tiempo después de que el sol partiera dejando unos colores espectaculares en el cielo y diera paso a la penumbra, nos conocimos. Fue entonces cuando por fin estuvimos uno frente el otro, pero aquella historia llamada “nosotros” se había ido gestando desde mucho antes. Fue como una gota redondeando una piedra. Paciente, lenta, tierna. También fue como una chispa cayendo en el aceite. Revoltosa, intensa, mágica.



De ti, lo primero que me llamó la atención fue tu cabello largo y rojizo bailando con el viento que entraba a través de un gran ventanal. Por aquel portal entraban la brisa del océano, el aire fresco y el olor a sal. Todos se congregaban para ser testigos de nuestro amor.

Recuerdo también tu piel blanca que, con la luz de la luna llena, se tornaba azulada. ¡Y cómo olvidar tus ojos! Grandes, oscuros y profundos se posaban tan fijamente en mí que a ratos incluso se olvidaban de parpadear. Desde aquel primer encuentro, tu mirada se declaró mi gran confidente, la aliada que día tras día, me contaría tu historia. De aquella primera cita sobretodo llevo conmigo tu olor. Durante el corto instante antes de que nos tomáramos por primera vez de la mano, -un instante que no tuvo oportunidad ni siquiera de convertirse en minuto- recuerdo tu perfume invadiendo todos los recovecos de mi piel. Llevabas contigo una extraña mezcla de lavanda y vida, un olor que, desde entonces, se convertiría en mi perfume favorito.



Y cuando las campanas de la iglesia sonaron insaciables, al fin tu mano se acercó a la mía. Sentí tu piel cálida acariciando mi cuerpo. Sentí tu olor cada vez más intenso. Y entonces me aferré fuerte a ti. Apenas unos segundos después de conocer la sensación de la vida en mis pulmones, envolví tu dedo con mi mano entera y me dejé llevar otra vez por el sueño. Entrecerré mis ojos lentamente, dejando que a través de la ranura que se iba dibujando entre mis párpados se me grabara para siempre la imagen de tus lágrimas resbalando por tus mejillas al tomarme en brazos y ponerme por primera vez en tu pecho. Y mis ojos –pequeños, oscuros, tan profundos como los tuyos- conocieron así el amor incondicional.



Fue aquella la primera vez que me enamoré. ¿Cómo no me iba a enamorar? Si fuiste tú la que me trajo a la vida.