Lo primero que dijiste
Josan Hatero | J. Brétema

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Como no podemos tener una cita a ciegas, tendremos una cita a mudas, escribiste. Era cierto, nos habíamos visto en fotos, las de la aplicación de contactos. ¿Solo visto? ¡Yo las había ampliado, estudiado, casi lamido! ¡Ay, el día que inventen la fotografía con sabor! Nunca habíamos hablado pero ya podía dibujarte con los ojos cerrados. Acepté tu reto sin reticencias. Siempre me han podido las ganas de jugar.

Por fin llegó la noche de nuestro encuentro, viernes y en un restaurante de los buenos, ahí no arriesgamos. Escogí mis mejores galas, estrenando ropa interior por si acaso, y fui caminando y con música para aplacar los nervios. Llegué cinco minutos antes de la hora pero tú ya estabas ahí, con una sonrisa que por poco hizo que se me aflojasen las rodillas. Eras incluso mejor que en tus fotos. ¿Nos dábamos dos besos, un abrazo o nos comíamos la boca? Ante la duda nos encogimos de hombros a la vez y la coincidencia nos hizo soltar una carcajada acompasada. Tu risa prometía. Rozándonos con los codos, oliéndote el perfume, entramos en el restaurante.

Sentados en la mesa nos observamos sin poder dejar de sonreír. Enseguida la camarera nos trajo las cartas y nos preguntó qué queríamos beber. Yo había previsto ese inconveniente y me había estudiado el menú desde casa. Señalé un rioja de los que te gustan. Porque no nos conocíamos en persona, pero nos habíamos contado nuestras respectivas filias y fobias. Sabía que tu lugar favorito es el pueblo de tu madre, en Asturias, porque te devuelve a los veranos azules de la infancia. Y que no tienes paraguas, ni carné de conducir, y que trabajas desde casa y siempre con música de fondo, aunque nunca has ido a un festival porque te agobian las multitudes…

Cuando regresó la camarera le señalamos los platos que queríamos y ella los apuntó en silencio, más sorprendida que cómplice. Volvimos a quedarnos solos. ¿Y ahora qué?, me pregunté. Necesitábamos inventar un nuevo lenguaje de gestos, de miradas. Nos contemplamos. Paseé la vista por tu cara, por tu cuello, sin prisas, y noté que tú hacías lo mismo. No resultaba incómodo, al contrario. Decidí ponerme de pie y me di la vuelta, dejé que me echaras un buen vistazo, lo cual hiciste sin reprimir una carcajada. Me senté y alcé las cejas indicando que era tu turno. Te erguiste y te cartografié. Se me despertó otra hambre.

La camarera volvió con nuestros platos y nos habló despacio y abriendo mucho la boca, como si creyera que necesitábamos leerle los labios. Eso nos hizo sentir algo culpables por un momento, aunque luego nos reímos. Le dejaríamos una buena propina.

Al terminar, señalé la puerta proponiendo marcharnos. Tú estiraste la mano y yo te la cogí. Salimos a la calle, a la música de la noche. Entonces te pegaste a mí, como si fuéramos a bailar, y por fin me dijiste lo que estaba deseando oír.