1483. LO QUE DA EL HUERTO
Teresa Jiménez Sojo | Margot

Cleto contemplaba sus tullidas tierras desde la ventana mientras tomaba el primer café siguiendo la rutina marcada desde que se había jubilado, a diferencia de Ambrosio, su vecino colindante que tenía unas hortalizas de revista agrícola, cada vez que se lo cruzaba percibía en su sonrisa la sátira.
Su huerto cuadriculadamente ordenado era el más bonito de la zona, con su parcela dividida según el tipo de verduras, todo le crecía con una algarabía fascinante, algo, casi mágico, incluso los árboles frutales se extendían rebosantes de salud.
La linde separada por una barrera marcaba la abismal diferencia, las plantas apenas crecidas se detenían para envejecer o ser cultivadas con frutos vanos que no servían ni para alimentar a los pájaros que se posaban en el cableado.
Cleto rondaba a hurtadillas en busca de algún secreto y lo copiaba en todo lo que hacía, incluso convenció a su esposa de que le distrajese en busca de algún tipo de abono casero que hurtar sin ningún resultado, sus hortalizas eran tan ecológicas como deliciosas, y esto último lo sabía porque se había apropiado de ciertas piezas que dijo ser suyas.
La coronación de su envidia llegó junto a una cabra y media docena de gallinas, que aumentaban la familia del gallo y los tres conejos, tal fue su enojo que de un puntapié tumbó en el suelo su propio espantapájaros propiamente tan jamelgo como el resto de la finca y blasfemando se dirigió hacia su casa.
Aquella noche se le hizo más larga que de costumbre pero a su vez le concedió más tiempo para pensar mientras su señora dormía, al amanecer ya tenía ideado un plan; condujo hasta el mercado donde compró un cochino entero y par de pollos, luego esperó a la noche.
Con almocafre en mano labró diversas circunferencias derribando parte del cercado, le sustrajo todas las hortalizas y frutos maduros, destrozó sus árboles y plantas, más tarde sentenció la vida de los animalillos para esparcir sus partes descuartizadas por ambas fincas enterrando algunos trozos, tras añadir al destrozo el cochino y los pollos comprados.
A la mañana siguiente Ambrosio aparecía muerto, un malestar le llevó a la cama más temprano que de costumbre y un infarto le sentenció. Los vecinos congojados no entendían nada, algunos asentían la disparatada opinión de Cleto que decía haber visto unos extraterrestres, ya se veía contando por televisión como había llegado un ovni arrasando con todo y de cómo eran aquellos seres que se habían comido la cosecha y el ganado, y así poder vender su parcela a algún ingenuo.
La policía catalogó el acto como vandálico y tras practicar la autopsia lo enterraron sin más. El resto de la finca se fue deteriorando sola, y pasado el tiempo llegó la lectura del testamento, donde a falta de familiares directos dejó la casa y las tierras que Ambrosio había mantenido por años a su vecino en agradecimiento por haber escogido el peor terreno cuando ambos compraron sus correspondientes futuros rurales.