Lo que el corazón esconde
Manuel Belmonte iglesias | Max K Naya

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Acudí a mi primera cita con ella, lleno de esperanza. Vestido con mi mejor traje, bien afeitado y aseado, completamente sobrio, incluso en ayunas como si fuera necesario, la verdad es que los nervios ante está primera cita, no me habían dejado ingerir nada sólido, el corazón me palpitaba como si se me fuera a salir del pecho. Al principio ella, apartándose un precioso manojo de rizos rubios que le caían sobre su ojo izquierdo, comenzó con comentarios banales, preguntándome por mi edad y mis hábitos de vida, incluso por mi peso y alabando mi aparente buena forma física, todo ello mirándome atentamente con sus preciosos ojos verdes, algo miopes. Yo coquetee ligeramente con ella, diciéndole que me maravillaba que alguien tan joven y porque no decirlo, tan atractiva hubiera llegado a la posición que ocupaba. Mi corazón martilleaba sin parar mientras le decía esas palabras. Ella me miró nuevamente y me dijo que le gustaría saber el motivo exacto por el que le había pedido la cita. Yo se lo dije. Ella, complacida, me dijo que en el futuro tendríamos más citas si yo estaba dispuesto a ello, pero que para que eso ocurriera, debería someterme a diversas pruebas, pruebas que le mostrasen lo que había en mi corazón. Yo acepté, por supuesto, además de joven y bella, era la cardióloga más prestigiosa de la ciudad. Y mis taquicardias me estaban matando.