613. LO QUE EL FILETE SE LLEVÓ
CECILIA DENGRA ÁLVAREZ | CECI DENGRA

Cuando éramos niñas, mis abuelos maternos se ocuparon mucho de mi hermana y de mí. Para nosotras, ir a casa de los abuelos era ir al chikipark porque, básicamente, allí se podía hacer todo lo que estaba prohibido en casa. Además, teníamos la suerte de ir todos los días a comer.

El modus operandi de mi abuela para la elaboración del menú consista en llamar a mi madre la noche anterior para preguntarle qué nos hacía de comer. Una vez que la interpelada contestaba algo como verduras, lentejas o ensalada, mi abuela le pedía que nos pasara el teléfono y entonces nos preguntaba por lo bajini qué era lo que de verdad queríamos comer, a lo que nosotras contestábamos platos, bastante sanos, como croquetas, spaghetti, calamares rebozados o albóndigas. Mi abuela perfeccionó esta habilidad de double agent hasta tal punto que hubiera merecido ser reclutada por el CNI.

Un plato que no le pedíamos, pero nos ponía mucho era FILETE. El filete, y la carne en general, eran conceptos sagrados en casa de mi abuela; más importante que la vida misma. Así que, como mínimo, nos lo ponía dos veces a la semana, si no era alguna más. Un día, ya alcanzada la adolescencia tardía, mi hermana y yo, que nunca hemos sido especialmente carnívoras, tuvimos la valentía, porque había que armarse de valor, de decirle un día que a ver si, en vez de tanto filete, podía hacernos alguna ensalada. Reproduzco nuestro planteamiento:

Nosotras: “abuela, te queríamos decir que… muy rico el filete de hoy, por cierto, bueno que, a pesar de que nos encanta el filete, porque nos gusta mucho, a ver si hay alguna posibilidad, si no es molestia para ti, claro, de comerlo menos veces y, tal vez, en la medida de lo posible, tomarlo una vez o dos al mes. Que está muy rico ¿eh?, pero queremos comer un poquito más sano y, claro, tanta carne, se nos hace bola. Aunque nos encante”.

Mirada atónita y silencio sepulcral.

Quiebra de voz con lagrimillas de decepción.

Abuela: “yo, que os doy la mejor carne del mercado y ahora mis nietas me dicen que quieren comer una ensalada. ¡Una ensalada! ¿Será posible semejante estupidez? Esas son tonterías de tu madre, que también empezó así de pequeña y ahora, mírala, ¡anoréxica*! Vosotras no sabéis lo que es pasar hambre, y ¡preferís ahora una ensalada a un filete! Pues ya no lo hago más, ni una vez al mes ni nada, ¡ya no lo voy a cocinar nunca más!”.
Mi abuelo trabajaba en el cine y se le había pegado algún rasgo de actriz.

El caso es que, la pobre, nos hizo caso y empezó a cocinarnos comida más sana a pesar de que mi madre “nos hubiera metido esas tonterías de la anoresia en la cabeza”. Sin embargo, echando la vista atrás, no hay dinero que mi hermana y yo no pagaríamos hoy porque nos volviera a cocinar filete. Aunque fueran ocho veces por semana.
*Nada exagerada.