998. LO QUE NO DEBÍ DECIR
Pablo López Camiña | Abóbora

Subí rápidamente al segundo piso del instituto. En frente de nuestra aula había un banco alargado. Me senté en él y me agarré fuerte las rodillas. Me abstraje pensando en Inés y no me di cuenta del tiempo que estuve ahí hasta que ella llegó. Como siempre, me saludó con su hermosa sonrisa y me preguntó qué me pasaba. «Que te amo Inés, eso es lo que me pasa», le tenía que haber dicho. «Toni se olvidó su chaqueta en clase, ¿la has visto? Tengo mucha prisa.», me dijo ella a modo de excusa por romper mi soledad. «Toni es un gilipollas», le tenía que haber dicho. En cambio, titubeando le dije: «No… nada… pensaba en el examen de lengua. Creo que no tenía que haber dicho lo que dije en el ejercicio de redacción». Me miró extrañada, cosa que hacía casi siempre que se encontraba frente a mis estrábicos ojitos de adolescente enamorado, a todas luces perturbadores.

Inés era morena, con un pelo castaño muy claro y fino. Y era fuerte, con un cuerpo atlético gracias a sus años jugando al balonmano. Toni, además de gilipollas, era muy guapo. Ojos verdes, alto, y hasta le había salido un poco de barba. En cambio, yo era un feo enclenque. Tan feo que hasta mi propia madre me lo decía a veces. Pero estaba enamorado, por eso subí corriendo a sentarme en el banco antes de que llegase Inés y asegurarme de que se llevaba la chaqueta de Toni manchada con mierda de perro. Yo sabía que si seguía siendo la recadera de Toni no sería feliz nunca en su vida y decidí ayudarla. Después de ese día, ella podría ser feliz y Toni seguiría siendo un mierda, literalmente. «Sé que no le quieres. Lo haces para sentirte integrada y que la gente por fin hable de ti. Pero conmigo todo sería diferente, Inés. Yo sí te amo», le tenía que haber dicho. «Aquí tengo la chaqueta de Toni. Bueno, me voy, nos vemos mañana, Teo», me dijo ella. Como siempre que me dirigía la palabra, me quedé ensimismado analizándola. Creo que hasta podía identificar en el aire cada una de las partículas que salían de su boca. Eran más puras, más frescas, más ligeras. «¿Quieres decirme algo, Teo?», me preguntó extrañada. «Que te amo Inés, eso es lo que te tenía que haber dicho hace tanto tiempo. Te amo», eso le tenía que haber dicho. «Creo… creo que la chaqueta está sucia. Huele a caca. Trae, yo te la limpiaré.» Eso es lo que no le tenía que haber dicho.