LO VOY A HACER
josep alias i almeda | CARLOS CIFUNTES

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LO VOY A HACER



El sonido del móvil me avisa de la llegada de un mensaje.

Una foto.

Una ubicación.

Una hora.

Es una mujer atractiva. Madura, de unos cincuenta. Melena pelirroja, ojos claros, tez blanca en la que el suave maquillaje no esconde las pecas. Una sonrisa muestra una dentadura blanca inmaculada. Blusa roja y un brillante colgando de una cadenita plateada. Es elegante. Una mujer de las que me gustan a mí. No se su nombre; tampoco importa.

El lugar: Paseo de la Alameda 33. Veamos qué dice Google Maps. Un restaurante italiano. Bien. El sitio es lo de menos.

Hora: las dos. ¿Una cita para comer? ¿Qué más da la hora? Lo importante es lo que suceda.

Tengo que prepararme. Los detalles son importantes. Un detalle puede suponer el éxito o el fracaso. No soy ningún experto en estas lides. No se me dan bien las relaciones personales. Voy a hacer esto. Por primera vez.

Las diez; cinco horas para el encuentro. El negro es un color sobrio, elegante, discreto. Pantalón negro y camisa del mismo color. La chupa de cuero, negra; para la moto es lo mejor. Visualizo mi imagen. Perfecto.

Me ducho; me afeito; me peino; me perfumo. Me miro en el espejo; soy yo. Me pregunto… ¿estás seguro? ¿No te vas a echar atrás? Doy un manotazo al aire, para apartar esas ideas.

Ya vestido. Cojo las llaves de la moto y el casco. Del cajón saco… ¡el regalo!

Salgo del apartamento; bajo al garaje. Me subo en la moto y me incorporo al tráfico de la ciudad.

Conduzco absorto en lo que va a suceder. Me cuesta. Niego. ¿Quiero? No hay vuelta atrás. ¿O sí?

Aparco la moto cerca del restaurante.

La avenida es amplia, tres carriles en cada sentido; anchas aceras, edificios nuevos; restaurantes y bares con terraza. Una buena zona.

Entro en un bar, pido una cerveza. Me siento junto a la ventana. Veo la gente pasar. Pienso en el momento del encuentro. Prefiero no pensar; todo va a salir bien. En el interior de la chupa lo palpo. Ahí está.

Miro el reloj: las dos menos veinte. Me voy para el restaurante.

Me coloco a unos diez metros de la entrada, junto a un portal. Mejor me pongo el casco; disimulo ser un mensajero.

Estoy nervioso. Me tiemblan las piernas, me sudan las manos y me estoy meando. Debería haber ido al baño en el bar.

Miro el reloj; el tiempo no avanza.

Un Cabify se detiene. Baja una señora. Es ella.

Apenas seis metros hasta la puerta del restaurante.

Es el momento. Ahora. ¡Ya!

Se me acelera el pulso a doscientos. Me tiembla todo. La duda me asalta.

¿Lo vas a hacer?

Sí.

Me voy a por ella. Meto la mano en la chupa.

Estoy a dos metros.

– ¡Eh, tú! –le grito.

Se gira. Me mira.

Saco el revolver.

Aprieto el gatillo.

La bala se incrusta en su frente.

La sangre me salpica.

Cae al suelo.

Está hecho.