730. LOBO-HOMBRE EN MADRID
Luciano Montero Viejo | COMETA AZUL

—Verá usted, le rogamos que nos guarde el secreto profesional
—No se preocupen, los psicólogos somos discretos. A no ser que esté implicado algún delito grave.
—No, si las autoridades ya están al tanto. Pero las consecuencias de lo que nos ocurre van más allá de lo legal, por eso recurrimos a un psicólogo.
—Ustedes dirán.
—Pues verá, tenemos una hija a la que hemos criado con mucho mimo. Es hija única y a lo mejor nos hemos equivocado en algunas cosas. Su tutora de primaria nos decía que éramos unos padres… ¿cómo nos llamaba, cariño?
—Sobreprotectores
—Eso, que la teníamos algo sobreprotegida y que no la estábamos advirtiendo sobre los aspectos desagradables de la vida, por ejemplo los riesgos que acechan a una niña a punto de entrar en la adolescencia.
—No sólo lo decía la tutora, cielo, también te lo decía yo. Nunca quisiste ver que los niños crecen y que ya tenía catorce años.
—Mire usted, nosotros mandábamos a diario a nuestra hija a casa de su abuela con algo de comer, porque la pobre mujer vive sola, es muy mayor y ya ni cocinar puede. Le hemos gestionado la teleasistencia a domicilio, pero claro, la ecuatoriana que acude para atenderla no está obligada a hacerle la comida.
—¿Y vive lejos la abuela?
—No mucho, diez minutos caminando, pero como vivimos en la zona de la sierra hay que cruzar una especie de bosque. El caso es que pasó lo que pasó.
—¿Me están hablando de un embarazo adolescente?
—Cómo se nota que es usted psicólogo. Pero no es un embarazo cualquiera.
—¿Y saben quién es el padre?
—Ahí está lo peor. El ginecólogo notaba en las ecografías algo extraño. Pero ya es el séptimo mes de embarazo y la cosa no ofrece dudas: nuestra hija va a dar a luz un hombre-lobo.
—Venga, hombre.
—Que sí, que sí. Por lo visto va a revolucionar la historia de la medicina.
—¿No dicen que la protegían en exceso? ¿Cómo es que la dejaban cruzar un bosque?
—En realidad es sólo un parque un poco frondoso, y como se trata de una zona residencial creíamos que no había peligro. Pero después se ha sabido que a veces rondaba por allí un lobo que bajaba del Guadarrama. Como ahora lo están repoblando… El caso es que la niña, que lee mucha literatura infantil y es muy fantasiosa, se empeñaba en ir siempre con una capucha roja, nos extrañaba un poco ese capricho.
—Cariño, no distraigas al señor con detalles tontos. Mire usted, al lobo lo han capturado. Lo tienen en un refugio para animales, o sea que está entre rejas, ya es algo. Además van a hacerle unas pruebas genéticas y no sé cuántas cosas más. Pero ya me dirá usted qué nos soluciona eso a nosotros.
—Bueno, a lo que íbamos. Nuestra hija es aún muy inmadura y nosotros queremos ser unos abuelos responsables, así que díganos, por favor: ¿cómo hay que educar a un niño-lobo?