1407. LOCURA MATUTINA
Adriana Piris Fernández | Ana Fernández

Una mañana de hace varios años, sobre las 9, me llamó Gabriel, uno de los chicos de mi equipo, porque había vuelto a dormirme y me esperaban en la oficina. Debo aclarar que por aquel entonces yo sufría de insomnio. Así es que, o bien no lograba dormirme hasta las 3 o 4 de la madrugada, o bien caía rendida pronto, pero a las 5 ya tenía los ojos abiertos.
Al sonar el móvil desperté exaltada por el ring estridente, y al intentar detenerlo, cayó de la mesilla al suelo. Me giré completa y tan rápidamente que me golpeé en la cabeza con la lámpara de noche. ¡Arggg, mi frente!
Me levanté con prisa y resbalé en el suelo de baldosas, sin llegar a caer, pero golpeándome las costillas con el picaporte de la puerta del baño. ¡Ohhhh, m……!
No recuerdo lastimarme las encías con el cepillo de dientes. Pero lo hago cada mañana, aunque no tenga prisa. ¡No me creo que aquel día no lo hiciera!
¿Maquillaje? Al bolsillo, para usarlo en el ascensor. ¿Ropa? Era invierno así que mucha y abrigada. Bolso colgando del hombro. Ya estaba preparada. Salí rápido de mi piso en la quinceava planta y corrí al ascensor, porque las puertas se cerraban. Entré por los pelos, pero la punta de mi abrigo quedo atrapada entre las puertas. ¡Ohhhhhh! ¡Pánico! Lo cogí con fuerza y tiré, tan fuerte que se soltó el trozo enganchado, y yo me caí hacia atrás, golpeándome la cintura con una barra ubicada debajo del espejo. ¡Arggg!
La puerta volvió a abrirse cuando yo aún me masajeaba la zona dañada, y sin que hubiera siquiera comenzado a maquillarme. Vi la luz de la calle y salí disparada. Pero justo al llegar a la acera, una peatonal, sufrí un choque estrepitoso contra otro cuerpo. ¡Plof! Así sonaron los pechos al chocar. ¡Pack! Nuestras frentes. El chichón me duraría varios días.
Caímos ambos, cada uno hacia atrás, y vi volar algo que salió despedido de sus manos, en dirección diagonal, casi como un bumerang y fue a entrar por entre las rejas de hierro de una alcantarilla. ¡Un tiento! El accidentado era invidente. ¡Ssssss!
Me acerqué a él, lo cogí de las manos y tiré, muy bruta. Y entonces comenzó a gritar. ¡No me toque! ¡No me toque! Creo que podía escuchar el latido de su corazón en pánico. Y al mismo tiempo las manecillas de mi reloj que me indicaban que debía irme.
Cuando se acercó el portero de mi edificio y se ofreció a encargarse del señor me relajé y me fui. Pasé por la alcantarilla y vi el tiento, pero sacarlo de allí me llevaría un buen rato, así que seguí camino.
No llegué a la oficina hasta una hora después de despertarme. De más está decir que iba sudada, despeinada, mal arreglada, seguramente con ojeras, y sin maquillaje.
Cuando yo llegaba mi jefe se iba. Habían ingresado a su padre, un invidente, a quien “una loca había atropellado”.