LOLITA Y ORLANDO
SANTIAGO CASERO GONZÁLEZ | MIRANDA SENSINI

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Quizá lo que sucede es que uso el sarcasmo para impugnar la realidad, para olvidar algunas cosas, como el hecho de dormir solo en una cama para dos. Por esta razón, cuando telefonea una de esas compañías fantasmales de seguros o telecomunicaciones, finjo que soy otro y dejo que enmudezcan al final de la línea. Así, a veces respondo que el dueño del apartamento ahora mismo no está, pero que yo soy su perro y puede dejarme a mí el mensaje. O que el señorito se halla fuera, cazando en Botswana, al habla su palafrenero.

Hasta que recibí aquella llamada (“Mi nombre es Lolita, etcétera, y llamo para”).

Su voz me pareció enseguida interesante, no sé, profunda, algo ronca, como si acabara de despertar y me llamara desde su cama con la garganta perezosa del alba. Ese día decidí ser mi propia hermana.

– Orlando ha salido, señorita, pero yo puedo atenderla.

Incluso imposté un tono demasiado masculino, para que el contraste la desconcertara y yo pudiera practicar otra vez esa forma de mi resentimiento. No funcionó: Lolita, si bien después de unos segundos de vacilación, renovó su oferta y luego añadió:

– Si te parece bien, podríamos vernos personalmente y aclararlo todo.

De pronto me tuteaba, me intrigaba, me atraía como el canto telefónico de una sirena. Dije que sí, igual que en un sueño.

– El café de la Ópera, ¿vale? A las ocho.

– Por qué no – respondí, qué otra cosa podía decir.

– Lleva un libro para que pueda reconocerte. Yo llevaré “Orlando”.

– Yo, “Lolita”, claro.

Qué rápido iba todo, pensé.

Pero allí estaba yo. A las ocho.

Hasta la elección del lugar me pareció oportuna. En ese sitio me sentaba a escribir poemas infames de amor en mi juventud, al salir de clase. Ahora me sentía casi como entonces. Una primera cita, una emoción olvidada. Tuve la tentación de ensayar versos en una servilleta. Hasta que llegó Lolita, con “Orlando” bajo el brazo. Se sentó en un velador cercano, sin mirarme, aunque yo había dejado mi libro a la vista. Imposible no verlo. Si digo que me sorprendió que Lolita fuese un hombre, mentiría. Desde el principio lo había barruntado como una posibilidad irónica (¿acaso no era yo mi hermana?), y, aun así, yo había venido y la curiosidad y la excitación no eran por eso menores.

Pasaron unos minutos atroces, sin más noticias que su indiferencia. Repentinamente, se levantó, tomó su libro y salió. Yo hice lo propio. Fui detrás intentando no perder su rastro entre la gente. Ahora parecíamos perseguir un destino. Quizás ese pequeño hotel detrás de la Ópera.

Nadie me impidió la entrada, nadie evitó que viera finalmente la puerta entreabierta de su habitación. El cuarto estaba a oscuras. Miedo, no tuve. Palpando a ciegas me dejé caer en el lugar previsible de la cama. Allí pude tocar una piel ambigua, sin más datos que la promesa de un gozo seguro. Allí nos abrazamos sin vernos.

Dormimos así, saciados, sin identidad.

Hasta que sonó el teléfono.