1124. LOS BUENOS SOLDADOS
IVAN HUMANES BESPÍN | PARIS

El comandante sabía cómo superar la derrota y nos estuvo arengando durante horas: ni hablar eso de estar pochos. Menos aún llorar con las cebollas. Que llorar estaba bien, matizó, y más si se era cebolla, pero que debíamos levantarnos. Nos dijo que era normal lo de la pérdida, que hemos nacido para eso y que la vida del tomate es muy sufrida. Todo eso ya lo sabíamos, pero habíamos tenido seis bajas en el frente. Nuestra mantequilla estaba licuada de tanto sufrimiento. Y qué decir de lo molesto que estaba el ejército de ajos, o el de endivias; que era la temporada y sus soldados caídos se contaban a puñados. Nuestra patria era nuestra supervivencia. El teniente rodó hasta el cajón de abajo y estuvo pactando con las berenjenas el ataque. Las lechugas estiraron las hojas verdes para iluminarnos allá adentro y los solomillos de carne tensaron los músculos. Patrullaban los guisantes por si acaso el invasor regresaba. ‘¿Quién quiere ser moussaka?’, preguntó el coronel. ‘¡Nadie!’, respondimos a coro. En ese momento nos dimos cuenta: estábamos preparados. Nunca más seríamos gazpacho, carne diluida. La calabaza de cabello de ángel, capellán de vocación, nos confesó por si acaso no regresábamos. Los taquitos de jamón se hicieron roca, munición. Las botellas de cerveza se agitaron poseídas; eran nuestra primera línea de infantería y sabían de su importancia. Cantamos y bailamos, algunos silbamos machas militares veganas. Los apios agitaron enloquecidos sus hojas de guerra. Los boquerones en vinagre vibraban. Y los ecos de las proclamas se debieron escuchar más allá de nuestra posición, pues el cocinero del bigote fue el que abrió la puerta que nos separaba de la libertad. Las zanahorias baby le balearon sin piedad. Ah, y a partir de ahí, qué queréis que os diga: lucha, sacrificio y triunfo. La victoria suprema. Los titulares de los periódicos alertando de la rebelión. Y el temor infinito y justificado del hombre a abrir la nevera. Lógico y natural.