1366. LOS DE ABAJO
Violeta Niebla | Wendy Canales

El destino nos ha traído siempre familias diametralmente opuestas a nosotras y las ha colocado debajo de nuestra casa. En la casa anterior estábamos rodeadas. Hemos tenido a un camello que quería que le “compartiéramos” el wifi. Una vez me preguntó si me gustaban las plantas y se ofreció como jardinero para poner marihuana en nuestra terraza, ofrecimiento que rechazamos muy amablemente. Él vivía en el ático del bloque de al lado pero su habitación y la nuestra estaban pared con pared. Y, obvio, se escuchaba todo. Lo que no sabíamos es que a nosotras también, y un día nuestro amigo Antonio (que vivía debajo de Faly) nos dijo que le había preguntado que si sus amigas eran… Y había encajado los dedos de las manos y hecho una mueca graciosa con la cara. Mi amigo lo confirmó y él, muy ancho, respondió con una sonrisa pícara: <>. Al día siguiente cambiamos la cama al cuarto más pequeño.

Debajo teníamos al principio a un borracho que era el dueño de un burdel pero duró poco más de un año y cuando se fue entró la familia Adams. Un señor de Bilbao que en Málaga se había emparejado con una jovencita y tenían hijas en escalera, todas iguales pero de diferente estatura. Por lógica intuyo que la madre era la más alta aunque nunca estuve del todo segura. Una noche llegué a escuchar el acto con una súplica previa por parte de él -¡Me lo prometiste! Luego, dos minutos de cabecero oxidado traqueteando y nueve meses después, el primer varón.

De todos modos aquellos eran vecinos esporádicos, vecinos de alquiler, vecinos que vienen y van, como nosotras. Pero por fin, firmamos nuestra hipoteca, y unos días después el chico de la inmobiliaria nos dijo que la casa de abajo la había comprado un matrimonio con hijos. Empezamos a cruzarnos por las escaleras en los meses de obras, de vez en cuando nos cruzábamos con alguno de sus hijos, el mayor, y dos pequeños. También eran de parecido asombroso y nunca sabíamos si habíamos visto al mismo niño dos veces o nos habíamos cruzado con niños distintos. Hasta que tuvimos la primera reunión de vecinos. Allí, Alfredo nos confesó que eran doce viviendo en casa. Automáticamente pensé que vivirían con los abuelos también y no pregunté más. Con el tiempo supe, gracias sobre todo a los estados de Whatsapp, que nada de abuelos, eran ellos dos y diez hijos según las fotos de las comidas en el salón. En otra reunión de vecinos, Lucía me dijo que tenían un hijo viviendo en el seminario. Así que calculé once hijos. Hace poco escuché en la noche un llanto de bebé que no conocía (a estas alturas me he hecho experta y los reconozco a todos por sus nombres y voces). Actualmente tienen doce hijos y desde el confinamiento celebran misas en el salón los sábados por la tarde.