Los goznes del error: una alegoría de transeúntes
Eithan Yepes | Eith

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Junto a un árbol de frondosa sombra, a los pies de un arcoíris, se sentaron unos niños. Después de reposar un momento la mirada, el más joven preguntó:

— ¿Por qué cantan los árboles?

Extrañado, casi molesto, el otro respondió:

— No seas tonto. Los árboles no cantan. No tienen boca. Cantan los pájaros que hay en las ramas.

— ¡Yo no soy tonto! Ya lo sabía…

Discutieron largo rato sobre el alcance de la estupidez humana, arraigada en los engañosos sentidos, hasta que un viejo, a todas luces loco, agarró una delgada rama y, alzándola, gritó:

— ¡No molestéis al árbol cuando canta!— Después se volvió respetuosamente, mientras los niños, apenas sorprendidos, se alejaban corriendo entre risas.

Desde entonces, siempre que la ocasión me lo permitía, volvía para escuchar al árbol cantar, buscando los esquivos pájaros en sus ramas. Y aunque su mística todavía me cautivaba, creí notar un cambio en su armonía.

No volví a ver al anciano, al que en secreto imitaba solicitando los secretos de aquella cadencia que parecía orientar mis deseos.



Una noche la sonrisa ardiente de una fragancia desvió mi oído del árbol. Su murmullo se perdió en tu ofrecimiento cuando acorralaste mi mirada. Y yo, avergonzado de mis dudas, te dije que era incapaz de ver a los pájaros que cantaban. Ese torpe ruego no logró ocultar mi disgusto. Pero tú ya lo sabías. Me agarraste del brazo suavemente, y de un golpe de diente me condujiste calle abajo.

Nuestras sombras se sentían como en casa bailando al paso del acaecer del mundo. Pero pronto llegaron los indistinguibles restos de un contorno. Su contraluz empequeñeció mis miedos hasta que alcanzaron la densidad de una puntualidad desmesurada. En alguna ocasión te vi buscándome en intervalos desconcertados, pero yo no supe orientarte. Aquella noche nos perdimos por el contrapunto, quizá para siempre.

Poco importa si puse por escrito que mi mundo se desmoronó entonces, y que ahora me resulta imposible reconstruirlo. Guardé aquellos rastros en el bolsillo del abrigo antes de salir, con la esperanza de que me encontraras perdido, y recorrí exorbitado aquellas travesías por las que anduvimos hacía una eternidad.

Entretenido por el gorjeo de un simulacro de amanecer, mientras meditaba cómo sincoparía mis palabras, lo vi. El nido estaba junto al camino, a los pies de un árbol. Casi por instinto me acerqué, y con gesto dividido toqué su corteza esperando una respuesta que no llegó. Cogí aquel lecho, escondí la nota entre sus plumas, y lo coloqué en una de las ramas al alcance.

Todo quedó prendado por una deuda imposible: jamás volví a escuchar al árbol cantar, y el recuerdo de su melodía quedó para siempre ligado a tu ausencia.