1247. LOS INCONVENIENTES DE ESTAR MUERTA
Enric Lloveras | Ric

Teresa, pelo cano moldeado con rulos y bata de casa, llora desconsolada. Tiene ojeras, la cara crispada. Las lágrimas forman un pequeño charco en el suelo de la frutería cuando aparece su amiga Agustina:
—¿Qué tal? ¿Has visto al demonio? —le pregunta Agustina.
—No, en casa todos bien, pero tengo un disgusto tremendo. He ido al médico y me ha dicho que estoy muerta. —le contesta Teresa.
—¿Cómo vas a estar muerta? Yo te veo bien viva. Como siempre, vaya, un poco cascada, con esa piel amarilla y esas arrugas que cada vez son más profundas. Pero de muerta nada.
—Gracias, Agustina, pero el doctor vio en una pantalla que la había palmado y no me quiso hacer la receta. Él no tiene la culpa, pero me recomendó buscar a un abogado para demostrar que sigo viva—se quejó Teresa.
—Pero ¿cómo ha podido pasar eso?
—Resulta que una señora de Barcelona que se llamaba igual que yo tuvo un infarto y en lugar de matar a la finada me apuntaron a mí como difunta. Debería estar prohibido que te roben el nombre. Ahora, la que se murió de verdad está cobrando mi pensión.
—¿Cómo va a cobrar la pensión una muerta, Teresa?
—Pues parece que la que espichó se hace pasar por mí. Eso no es lo peor. Ahora mi marido es viudo. Imagínate que aparece una pelandusca joven. Como yo he muerto se puede casar otra vez sin divorciarse.
—No será capaz
—No te fíes de los hombres, pero nunca me había pasado lo de morirme. El abogado me dice que igual soy difunta un año más, que es muy complicado volver a vivir. Mi viudo me advirtió que pedirá en herencia la casa de Torrevieja y los ahorros del banco.
—¿No tendrá que ver lo de diñarla con el ataúd ese que guardas en casa? Siempre me ha impresionado que tengas la caja en el desván. ¿Cuánto tiempo hace que la encargaste?
—Pues hace ya veinte años que me la hizo el carpintero. Luego te ponen en un ataúd barato y ya es para la eternidad. El mío es bueno, de madera de castaño. Resiste bien la humedad, el frío y el calor. Después de morir, nadie sabe. Mejor estar preparado.
—A pesar de todo tienes suerte Teresa. El otro día oí en la radio que metieron a un preso en un ataúd pensando que había estirado la pata. A los del cementerio casi les da un soponcio cuando oyeron golpes en la caja.
—No me cuentes estas cosas, que luego no duermo —dijo Teresa.
—Tú estás muerta, pero tienes la suerte de que no te han enterrado, que habría sido mucho peor.
—Claro, claro—asintió—. Siempre hay que ver lo positivo. Pero quiero estar viva del todo, no pido mucho.
—Bueno, me voy a la carnicería. Espero que te resuciten pronto. Cuídate mucho. Es mejor que no salgas de casa, no sea que la palmes de verdad.