915. LOS MIÉRCOLES, CALABAZAS
RUBÉN MARTÍN CAMENFORTE | Un bostoniano

A parte de hacerte apretar el culo y aullar a lo lobo, el agua muy caliente quema; más bien, achicharra: No por redundante, un principio básico de termodinámica elemental, por todos experimentado en carne propia. Sirviéndose de estas atrevidas palabras, lo defendió la alumna dilecta de Isaías Hith en uno de los exámenes de turno; y, al jersey de lana preferido del profesor, los sesenta grados le jugaron asimismo una mala pasada. Encogido de mangas y cintura, lo observó estrujando una cara de lelo tras sacarlo de la secadora. De inicio, había negado la mayor: al ir estirando, casi ni lo notarían… Cosas de los martes. Era el giorno -para sus naderías empleaba el italiano- en que se lucía de pies a cabeza: boina calada en la incipiente calva, su trillado pulóver y unas modernas zapatillas deportivas. Se concentró en el contratiempo: solo los tipos contumaces y avispados como él despejaban la incógnita en las ecuaciones más complejas. Si confiaba su suerte a la americana cruzada… ¡Dicho y hecho un pincel! Llevaba toda una vida resolviendo problemas matemáticos y ya unas cuantas horas de aquella mañana danzando. Como padecía de insomnio de despertar precoz, justo al alborear había correteado desnudo por el jardín dando unos buenos días gallináceos al barrio: costumbre saludable que había intentado importar a aquella simplona localidad universitaria. Decir que fue escasa la acogida entre los convecinos afectados. Solía completar el entrenamiento matutino mediante unos cómodos ejercicios de gimnasia sueca, de sube y baja. Los tres grados de temperatura volvieron a cebarse en su conjunto varonil; ya insignificante de por sí y que tras la difícil situación tardaría en recuperarse. Mojó las madalenas en la infusión, al tiempo que redactaba un listado de bufonadas para soltarlas en la correlación de clases. Por atrevidas en demasía, tachó cuatro, y al resto de chanzas -por qué no significarlo, impropias de una mente privilegiada- les concedió el visto bueno marcando unos pasitos de baile. Brioso, celebró la marca de asistentes a su aula cerrando el puño: seis interesados. La primera broma no caló; pero, tras unas consistentes y engatusadoras fórmulas de vulcanología, erupcionaron para su satisfacción la segunda y la tercera. Algo que ver tuvieron los dieciséis grados y que se hubiera sacado… Isaías Hith entró con hambre leonina a la cafetería de Ciencias. Los comensales no quitaron ojo: Devorar cinco platos, más un doblete de flan y tarta en los postres, implica siete plagas estomacales, pero no hay retortijón de estómago que no cure la sonrisa de la dama que te tiene loco. Estaba decidido a invitarla a salir, y gracias a su jersey amarillo se sentía irresistible. Al finiquitar la jornada lectiva, y récord igualado en la última, la secretaria de la recepción ya se había retirado. No importaba: el optimismo lo poseía, pero no iba a arriesgar… Aunque miércoles, repetiría prenda.