LOS NADADORES
Ricardo Hierro Fernández-Villamil | Gedeón Pontipee

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El chico del gorro naranja conoce a la chica del gorro azul en el polideportivo municipal. Es un jueves de mayo y ambos están dando brazadas en la pileta de la piscina.

—Cómo huele hoy a cloro —se atreve a decir él y se frota con la palma de la mano la nariz.

Ella le da la razón y levanta sus gafas de nadadora. Lo mismo que él unos segundos antes, se restriega la nariz. Aferrada a la corchera, la chica del gorro azul informa al chico del gorro naranja lo mucho que le gusta su estilo al nadar. A él también le agrada la forma en que ella bate los pies, el modo singular en que ladea la cabeza y tuerce los labios hacia la izquierda para tomar un poco de aire cada cuatro segundos, verla hacerse un ovillo en cada volteo.

Siguen charlando y, aunque están exhaustos, se retan a una carrera de un largo. Saltan del trampolín al tiempo y alcanzan con las yemas de los dedos la pared del fondo en la misma milésima de segundo. Asombrosa sincronía la suya, celebran el empate con un abrazo en el agua. Un abrazo algo apurado, extraño, húmedo, con la piel de gallina y la respiración entrecortada de tan rápido como han nadado, pero no está nada mal para ser un primer abrazo.

Día a día, profundizan en sus gustos, festejan sus concordancias. Van hilando un historial de coincidencias. Los dos prefieren los meses de abrigo al calor del verano, el sigilo de los gatos a la entrega boba de los perros. A ambos les gusta la leche tibia, los caramelos de menta que pican, bajar corriendo las cuestas. Y así va pasando el tiempo hasta que llega el día en que la chica invita al chico a su casa a cenar.



—¿Te pongo una copa? —le pregunta ella de pronto.

—Un mojito —dicen los dos al tiempo, y se deshilachan de risa.

—Esa de ahí parece Casiopea —aventura él, y señala, desde el balcón, el cielo con el dedo.

Se beben los astros. Y también el mojito. El primer beso que se regalan les deja la boca entera con sabor a hierbabuena. Se relamen de gusto.

La chica lo pregunta en un susurro

—¿Pongo música?

Él asiente con la cabeza. Qué mejor que algo de música para acompañar la contemplación de un cielo así.

Es entonces cuando ella dice que en noches tan estrelladas como aquella le gusta escuchar a Brahms, lo que sea, pero de Brahms. Y ya van sonando los primeros acordes del Réquiem Alemán.

Él no dice nada. Escucha el arranque, una legión de voces en formación, y piensa que donde esté algo sencillo, se quite la grandilocuencia de los coros, pero prefiere callar. En silencio lamenta que ella no haya escogido una pieza más íntima. Abatido, se queda pensando que son disparidades como esta las que malogran los idilios más prometedores.