LOS OJOS VERDES
IRENE AGUADO ÁLVAREZ-PALENCIA | Minerva

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Hoy he vuelto a verle.

Ha pasado una primavera desde nuestra primera cita. Después de haberle buscado en cada rincón, de que se desvaneciera como polvo. Hoy, a punto de renunciar, vuelvo a encontrarle en el lugar donde nos conocimos. Y juro que son sus ojos los que me observan, inmóviles, cuando comprendo que no volveré a verle jamás.



Solía venir al café a escribir. Con un lápiz mordido y unas cuartillas sueltas, libres, siempre huyendo de lo permanente, refugiándome en estas calles de Madrid que me acogen como a una inquieta forastera. En el caos de mi vida, sólo el café y el cambio son constantes. Aquella noche de diciembre decidí quedarme.

El extraño se sentó en mi mesa sin preguntar. Debió de asumir que era yo quien ocupaba su lugar, porque se negó a despegar la vista del líquido turbio que giraba entre las manos; los jirones de niebla todavía prendidos de su cuerpo.

Impaciente, con la mirada fija en el rostro en sombra, dejé caer el lápiz, que rodó hasta alcanzar sus manos. Cuando alzó los ojos fue para arrebatarme la cuartilla. A la luz de la vela, su mirada afilada juzgaba mis inútiles intentos de marcar una página muda de palabras; el boceto incompleto de unos ojos tristes que nos devolvieron la mirada desde el papel, atónitos.

-Soy amante de la lucha.

En sus ojos brillaba la luz de fuegos fatuos, en su rostro bailaba una sonrisa.

-¿La lucha?

-No hay belleza sin lucha, ni arte sin dolor. Y tú todavía no sabes lo que estás buscando.

Sonreí. No le conté que había vivido en tantas ciudades que perdí la cuenta y que Madrid sólo sería para un invierno. Él conservaba el acento del Sur.

-¿Sabes tú lo que buscas?

Los rizos despeinados caían sobre sus ojos mientras completaba mi dibujo, una ligera arruga entre sus cejas, la barba acariciando sus labios. Bajo la pequeña mesa, sus piernas rozaron las mías.

-Sé perfectamente que estoy absolutamente perdido.

He buscado por todas partes esos ojos que no puedo dejar marchar.

-Y que hay que perder para encontrar.

Pedí una copa de vino. Bajo el artesonado de madera, hablamos de poesía. Y de cómo las palabras se escapan, bailando como sus dedos sobre las volutas de la columna de forja junto a nuestra mesa. Hablamos de nosotros y, para cuando nos echaron del café, él había completado el dibujo de mis ojos.



He vuelto al Café de Prado tantas veces que perdí la cuenta. He grabado unos ojos en nuestra columna, imaginando que quizá él pueda acariciarlos.

Han cubierto la escalera que baja a la cueva con fotos históricas del café. Unos apretados Buñuel y Lorca me devuelven la mirada. Más allá, la gran puerta de madera donde jamás nos despedimos. Al fondo, en una antigua fotografía en blanco y negro, su pupila clavada en la mía, su mirada rasgando el tiempo.

Me pregunto si encontraré lo que perdí y si él soñó con mis ojos verdes.