925. LOS REYES SON LOS PADRES
Jesús Francés Dueñas | Del Montón

Mi abuela tenía el don. Heredado de varias generaciones. Costumbre centenaria o hábito ancestral, había pasado de madres a hijas desde los tiempos del trueno o de la luna, como una travesura inocua más que como un verdadero poder sobrenatural. Tenía la gracia de leer el pasado en las lentejas igual que otros veían el futuro en los posos del café, en las entrañas de los animales o en el vuelo de ciertas aves. Era divertido ver a mi abuela, con seriedad de arúspice y liturgia de sacerdotisa doméstica, extender las lentejas sobre una mesa de madera vieja y contarnos cosas de nuestro pasado que nosotros ya sabíamos. Aguantábamos la risa hasta que no podíamos más y entonces, al percibir la burla, la abuela se quedaba muy quieta y muy triste y nos espetaba con suave violencia la verdad de un recuerdo olvidado. Lo peor era cuando la ira la impulsaba a revelar secretos de familia que solo conocían ella y las mejores legumbres de la tierra. Como cuando leyó en las lentejas que los reyes son los padres o que yo era adoptado.