1498. LOS SABIOS LLEVAN GAFAS
Alfonso Muñoz Fernández | Capone

Tenía un loro que no cerraba el pico. Menudo animal. Pero no se dedicaba a hacer ruidos aleatorios, no. Mi loro hablaba y sabiendo bien lo que decía. Que asco le llegué a tener. Le encantaba leer y se pasaba horas hablando de literatura y filosofía. Junto a la jaula tenía una torre de libros y siempre le encontraba con una nueva lectura. Sentía predilección por los clásicos, porque no era de esos que leen todo lo que cae en sus alas, era selectivo. Decía de la televisión que era banal, prefería un buen puñado de hojas. Se creía una especie de sabio, y por eso insistía en ponerse gafas. Y, sinceramente, a mí eso me molestaba, ¿por qué “él” necesitaba gafas y yo no? Es decir, yo era el humano. Yo debería necesitarlas y no “él”, sabes a lo que me refiero ¿no? Siempre me decía que yo no leía lo suficiente como para que necesitase unas, mientras que él había desarrollado astigmatismo de tanta lectura. Y eso me ponía de muy mala leche. Porque no se burlaba, pero lo decía con un airecillo de superioridad moral. “Algunos necesitamos la lectura como el comer” – decía – “sabes que yo sin libros me muero”. Por favor, que presuntuoso el puto pollo.
¡Y cómo era en las fiestas! Iba por ahí diciendo que se había leído el Ulises y que le había apasionado la lectura. Yo no creo que fuese verdad, pero tampoco iba a discutírselo, porque no quería dar margen a que me humillase públicamente con ese piquito de oro suyo. Le encantaba ser el centro de atención. La gente se reunía alrededor y aplaudía sus opiniones – porque de todo tenía opinión –. A veces eran comentarios nacidos del conocimiento, pero otras veces eran chorradas pretenciosas y, ya solo por la severidad con la que las decía, la gente creía que eran ciertas. Y el condenado era un artista del camelo. Cuando llevaba mucho tiempo hablando decía a sus oyentes:
– Me gusta que se me haga caso no por ser un loro, sino porque sabéis que lo que digo es interesante, y lo comprendéis porque sois inteligentes. Y creedme, no todo el mundo me entiende.
Entonces todos reían, y “él” seguía, sabiendo ya que nadie iba a llevarle la contraria por miedo a quedar excluido de ese selecto grupo de los inteligentes.
¡Pero qué asco le cogí! Que mal me caía el puto pajarraco. ¿Cómo un bicho de treinta centímetros podía hacerme sentir tan pequeño? Un día le planté cara de la única forma que podía: por la fuerza física.
Fue todo bastante rápido. Estaba en el salón, contemplando el parque por la ventana. Yo me paré a pocos centímetros y le destrocé de un sartenazo contra la pared. Me estaba comentando que quería hacerse con una reedición de las leyendas de Becker justo cuando perdí el control.
Me sentí un poco mal, porque no llevaba las gafas puestas y creo que no me vio venir.