Los tomates
Gloria Valdivia Giménez | Pata

Votar

—Abuela, venga, va a empezar Verano Azul.

Mi abuela se estaba terminando el desayuno. Leche en polvo con Molico y una torre de tostadas de pan de molde embadurnadas en aceite. Mis primas y yo la mirábamos con los codos apoyados sobre la mesa de la cocina. Nosotras ya habíamos comido.

Mi abuela se levantaba muy tarde. A veces su desayuno coincidía con la hora de la merienda. Nadie sabía lo que hacía por las noches hasta tan tarde. Ella decía que rezar. Nunca íbamos a verla por la mañana, porque lo más probable era encontrar el portón de la calle cerrado, señal de que ella todavía estaba en la cama.

—Poned la tele, que ahora voy yo—dijo la abuela. Y le dio un trago largo a su Molico.

Mis primas salieron corriendo hacia la sala y yo me quedé en la cocina. Me encantaba verla rebañar el aceite con el pan. Su forma de comer me daba hambre. A lo lejos sonó la sintonía de Verano Azul y salí corriendo por el pasillo.

Cuando la abuela llegó a la sala, mi prima Lola se levantó de su sillón para dejarle el sitio y, sin dejar de mirar la tele, hizo un gesto con la mano para que le hiciéramos un hueco en el sofá. Antes de sentarse, la abuela sacó el rosario de la cajita y entornó las contraventanas. La sala quedó en penumbra.

Unos hombres querían construir pisos justo donde Chanquete tenía su barco. Él se negó a abandonar su hogar y a venderles el terreno. El capítulo de aquel día me estaba aburriendo más que de costumbre. No me interesaban las operaciones inmobiliarias.

Mi abuela se sentó en el sillón y empezó a rezar el rosario ajena a lo que ocurría en la tele. La oíamos susurrar los Avemarías.

No fuimos conscientes del momento en que empezó a interesarse por la trama, hasta que dijo: “Qué tomates tan hermosos”.

Chanquete estaba trabajando en su huerto. Unas excavadoras se aproximaban amenazantes.

Mi prima Lola se apresuró a explicarle a la abuela quién era el dueño de los tomates y el porqué de las excavadoras.

No le dio tiempo a hacer el resumen completo, cuando mi abuela se puso tensa al ver a las máquinas arrasar las tomateras.

—Ay, por Dios, los tomates. Qué sinvergüenzas destrozarlos así. Pobre hombre.

Fue la primera vez que vi a la abuela llorar. Sacó un pañuelo del refajo de la falda y se secó los ojos y la cara.

Yo no sabía qué decir. Mi prima Lola trató de explicarle que lo de la tele era de mentira, pero fue inútil. Mi abuela siguió llorando porque los tomates habían sido destruidos y, sin poder resistirlo más, se levantó y se fue con sus lágrimas pasillo adelante.

Entonces pensé que quizá mi abuela no llorase por los tomates, como cuando las mayores del colegio me llamaron gordinflona y, cuando llegué a casa, dije que lloraba porque me dolía la barriga.