LUCES DE COLORES
María Ruiz Estévez | maruest

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Miró el móvil y el reloj marcaba las 22.08, aún esperaría dos minutos más antes de salir de su refugio. Dio la última calada al cigarrillo y con el humo todavía en sus labios empujó la puerta, con tan poca fuerza que tuvo que usar sus dos manos y aún la abrió con dificultad. Dentro tardó pocos segundos en avistar su sitio, la esquina del fondo, su oscuridad se presentaba perfecta para mantenerse esquiva de las miradas intrusas. Al sentarse desplazó la silla con sigilo, quería evitar que el más mínimo ruido pudiera perturbar su furtividad. Allí sentada, mientras trataba de leer sin éxito en aquel folio el número de participantes, se vio tentada a levantarse e irse en varias ocasiones. Con la mano temblorosa escribió su nombre y aguardó su turno. Respiró profundo y pensó en su padre, no podía contarle que no lo había hecho, que era una cobarde. Apostó por focalizar toda su atención en el escueto ramillete de flores secas que adornaba la mesa. Dirigió sus manos hasta los pétalos marchitos, acariciándolos uno a uno con un movimiento rítmico y automatizado hasta conseguir que se quebraran entre sus dedos. Su cabeza, que hacía rato dejó de atender a la actividad que mantenía ocupadas a sus extremidades superiores, le hacía dudar constantemente de por qué estaba ahí. Sus pies, hasta entonces inmovibles, comenzaron a golpear suavemente el suelo al compás de la canción que estaba sonando. Pensó en voz alta «¿qué te diría papá?», y él se proyectó en su mente para contestarle que tiene que habitar situaciones que nunca ha vivido para que pasen cosas que nunca han ocurrido, pero ¿qué ocurría esa noche? O peor aún, ¿y si no ocurría nada?



Era consciente de que en algún momento tendría que levantar la vista, pero solo imaginar cruzarse con posibles ojos juzgadores le provocaba escalofríos. Su voluntad no dominaba ninguna parte de su cuerpo, que estaba completamente invadido por un vértigo profundo que tapaba su boca y no la dejaba hablar. La llamaron por su nombre, y les dio a sus pies la orden de levantarse, pero solo temblaban. Llenó de aire su abdomen y subió al escenario. Miró al público y con sus pupilas apeló clemencia, luego con sus labios les explicó que era su primera vez. Alguien le cedió una guitarra que cuidadosamente acomodó entre sus brazos. Cerró los ojos para quedarse a solas con su garganta, de la que comenzó a salir un suave hilo de voz quebradizo que progresivamente se tornó en canción de amor. Y así fue, como en aquel bar de Malasaña hizo sonar por primera vez su voz, que siempre mantuvo oculta creyéndola diminuta y no merecedora de participar en el espacio. Ese día descubrió que su voz era de luces de colores y con ellas iba a encender el resto de su vida.