LUCÍA
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Gonzalo y yo, nos habíamos acostado tarde, nos quedamos mirándonos a los ojos un rato, en silencio. Nuestras mentes podían hablarse sin palabras desde que nos conocimos hace 11 años. ¡Cómo pasa el tiempo, Lucía tenía 15 meses ya! Ella no sabe nada, no se imagina lo que está a punto de vivir. Creo que pensar en eso era lo que nos quitaba el sueño a Gonzalo y a mí.



Nos hemos despertado y hemos corrido por el pasillo hasta la habitación de Lucía, para darle los buenos días.



Son las once y media, y tenemos que estar allí a las doce y cuarto. Iremos dando un paseo. Suena el teléfono, son mis suegros. Estarán nerviosos también. ¡Con lo que la quieren! Nos vemos allí, he oído decir a Gonzalo antes de colgar. Lucía va en su cochecito, sin fijarse demasiado en nada, siempre parece más en el limbo que en la tierra, en eso tiene a quien parecerse según mis padres y mi hermano.



¡Qué nervios! Se me escapa y mi marido me lanza una sonrisa de complicidad absoluta. Le quiero mucho. Creo que hemos elegido bien y Lucía es la confirmación de que hemos acertado. A lo lejos ya veo a toda la familia esperándonos.



Soy el doctor Suárez, ¿te acuerdas de mí? Ella se fija en el hombre enorme que le habla, al tiempo que busca nuestros brazos, estirando los suyos. Todos tenemos las caras contenidas, sin querer soltar las riendas de la emoción aún, por miedo a que se trunque algo. ¡Mira lo que tengo! Le dice. Nos muestra la pieza, como el que muestra la joya de la corona. Tiene toda la atención de la familia. Me lo pasa y lo veo a cámara lenta. ¿Yo? Lo pienso, pero no lo digo. Respiro hondo y me lanzo a colocarlas sobre el rostro de mi princesa, que no quiere, no lo quiere. No le gusta. El doctor me mira con confianza. La peque se rasca la cabeza y aparta mis manos una y otra vez. Comenzamos un juego y sucede de repente. Lucia estira los brazos como diciéndome: ¡Estoy preparada! Y se las coloco, la miro y doy dos pasos atrás para observar su reacción como hacen los demás.



En ese momento sé, que esa cara no se me olvidará jamás. Lucía puede vernos, ahora nos vé de verdad. Se le abre la boca y los brazos como si descubriera Disneyland. Y nosotros, lloramos todos y reímos a la vez. Mira a mi padre y le dice:¡Abi! Y le sonríe. Luego sigue uno a uno, ¡Mamá! Si cariño, soy tu mamá. Está alucinando con la luz, los colores de todo lo que la rodea. Desde que nació, es la primera vez que nuestra hija puede ver como los demás niños. ¡Papá! Papá guapo, le dice Gonzalo mientras se la come a besos, y ella se muere de la risa.