302. LUNA MALDITA
Ramón Ojeda Bringas | Amanuense

La noche se aproximaba, más por la oscuridad que por la hora que el reloj marcaba en ese instante. Federico observaba desde hacía rato con insistencia y temor su muñeca izquierda: las siete con cincuenta y cinco minutos. Federico apretaba el paso, algunos postes comenzaban a alumbrar con la luz artificial y deseaba que esas fueran las únicas luces que iluminaran su camino, pero el temor lo hacía sudar cada vez más y por lo mismo no quería levantar su vista, sin embargo, al llegar al callejón sin salida tuvo que alzar la mirada y llevándose la mano a la boca para ahogar un grito contempló la visión apocalíptica: la luna llena brillante, redonda como un sol blanco que parecía enviar todo su esplendor, justamente a donde él estaba parado; petrificado, incapaz de moverse y con los ojos fijos en ese destello, Federico observó sus manos que en ese momento se transformaban, sustituyendo el fino bello por pelo grueso y sus dedos reducían su tamaño alargándose sus uñas; todo su cuerpo se estremecía y la metamorfosis nuevamente operaba hasta transformarlo, por influencia de la luna, en cánido. Alcanzó a maldecir a la luna, pero sus palabras mutaron en ladridos que alertaron a los perros. ¡Otra vez a correr para alejarse de esa jauría que nuevamente lo perseguiría porque el maldito hechizo, en lugar de lobo, lo convertía en perra!