22. LUNÁTICOS Y CALAVERAS
Mónica González Inés | Mr. Keating

Aquel domingo, el miedo le hacía una doble llave de estrangulamiento en el estómago a Pepe. Después de cientos de argucias posponiéndolo, estaba a punto de conocer a los padres de su prometida, Daniela. Sacó del bolsillo un pañuelo para secarse las chispas de sudor que centelleaban en su frente. De puntillas, atravesó los trece baldosines de la entrada, evitando pisar las rayas del suelo. Aflojándose el nudo de la corbata, llamó al timbre. La puerta se abrió con estrépito de llaves y le saludaron dos pares de ojos muy feos.
Ojiplático, Pepe reparó en la calavera minúscula de la vitrina del recibidor. Daniela trató de ocultarla; de sobra sabía que, si él veía algún hueso, debería girarse tres veces sobre sí mismo mientras repetía para sus adentros: «Nadie va a morir hoy». En caso de no
hacerlo, ocurriría una desgracia terrible, y quizás ya no a él, sino a alguien cuyo nombre comenzase seguramente por la inicial «D».
Pepe se giró como una peonza mientras Daniela le asesinaba con la mirada. «No me mires así, Danielita, como si no tuvieses querencia por los líos más inverosímiles», pensó él con ojos felinos. Ella suspiró y pasaron al comedor.
Al ver la mesa puesta, Pepe tragó saliva. Se excusó para ir al baño y cumplir con el ritual que debía realizar antes de cada comida. Cerró la puerta con pestillo. Abrió el grifo para lavarse las manos durante los siete minutos de rigor. Debía hacerlo de forma ineludible
con tres pastillas diferentes de jabón, por lo que tuvo que rebuscar entre los cajones. Carraspeó varias veces para mitigar el ruido.
Continuó con siete series de sentadillas rápidas. «Va todo bien, cariño?» «Enseguida salgo, cielo», respondió entre jadeos. Escuchó cuchicheos al otro lado de la puerta. Se aclaró la voz antes de arrancarse a cantar: «¿Quién es? Soy yo. ¿Qué vienes a buscar? A ti». «¿Pepe? La mesa está lista». Pero él siguió como si nada: «Por eso vete, olvida mi nombre, mi cara, mi casa y pega la vuelta».
Cuando terminó, salió del baño. Con Dalmira a un palmo de sus narices, abrió y cerró cinco veces seguidas la puerta, mientras repetía: «¡Grifo cerrado!». Forzó una sonrisa y, sintiendo sobre él un par de ojos aún más feos y saltones, volvió al comedor.
Damián abrió una botella de vino. A punto estaban de comenzar a disfrutar de la humeante pierna de cordero, cuando Dalmira le dijo a su marido:
—¿Me has visto apagar el fuego? —. Y salió corriendo, seguida de Damián, quien, de camino, apagó y encendió el interruptor de la luz trece veces seguidas.
—¡Ay, madre! ¡No recuerdo si he cerrado la puerta de la oficina! —balbuceó Daniela. Y segundos después se escuchó el motor de su Volkswagen Beetle.
Pepe comenzó a dudar de querer emparentar con aquellos lunáticos, pero enseguida regresó Damián con su aire falsamente distraído. Le dio un cachete cariñoso en la mejilla:
—Nada nos hace diferentes, ¿verdad, hijo?