1419. MACARIO
MIGUEL BUENO LÓPEZ | Beto Santidrián

En un olvidado Colegio Mayor del norte, llevado por religiosos, se celebraba un concurso de villancicos con el fin de avivar el espíritu navideño de sus colegiales. La realidad es que, por la falta de fervor, o el exceso de mala leche, aquello parecía más una chirigota de carnaval que otra cosa. Pero un año sí se cumplió el sueño de los profesores, al menos de uno de ellos…
Los cien universitarios fuimos al nocturno patio, supliendo la falta de abrigos con tragos de alguna petaca ilegal, expectantes. Una docena incoó una melodía navideña, y por el caminito llegó, como algún antepasado suyo haría dos mil años atrás a las puertas de Belén, un viejo burrito… Pero que, en vez de portar una Virgen embarazada, llevaba al pobre Emilio, aspirante a teleco, disfrazado a su vez de burro. La visión de ambos équidos hizo estallar el júbilo, y una traca de fuegos artificiales brilló en la oscuridad. Pero más brillaban las pupilas del profesor que siempre había soñado con tener un burro.
El pobre animal fue bautizado Macario I (como si hubiera la esperanza de que llegara algún día un Macario II), aunque se le terminó conociendo como Macario el Breve. Esta es su historia.
A Macario lo conocimos gracias a un anuncio en el periódico, lo vendían por viejo. Dos incautos fueron a su caserío a negociar el precio y se volvieron con él en el maletero del coche. En el Colegio Mayor le construimos un establo, compramos heno y lo acomodamos. Y fueron quizás los días más felices en la vida de Macario.
Pero una semana más tarde el Colegio se vació de alumnos, que regresaron a sus casas por las fiestas, y Macario se quedó casi solo… Aunque no por mucho tiempo. Las instalaciones se utilizaban durante las vacaciones para los ejercicios espirituales de los religiosos y pronto se llenó todo de sotanas.
El susto llegó cuando el primer presbítero, animado por la estampa navideña de tener parte de un belén viviente frente a sus ojos, se acercó al animal y se llevó un tremendo mordisco. Tuvo que correr por su vida y cuando alcanzó el otro lado de la verja, vio lo que sucedía: la verga del burro había dibujado su rastro sobre la escarcha del jardín. El burro, a pesar de no ser época (y no estar ya en la edad), estaba en celo.
Por supuesto hubo que contrastar que no era un hecho aislado y más curas hicieron la prueba, siempre con el mismo resultado: sería el color negro de las sotanas o el olor a incienso… Pero el burro perseguía a todo sacerdote que se le pusiera delante.
Esto llegó a oídos del superior de dicha orden, que ordenó sin miramientos que fuera devuelto a su dueño. Así es como Macario regresó en el maletero del coche a su caserío, y de su recuerdo ya solo queda el disfraz de Emilio y una placa conmemorativa donde antes estuvo su establo: “Aquí pernoctó Macario el Breve, primero en su nombre”.