MADRE NO HAY MÁS QUE UNA
Antonio García Muñoz | Antónimo

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Eran las cuatro de la mañana cuando llamó desesperada a su madre, quien, al oír la voz de su hija pidiendo ayuda y su presencia, saltó de la cama , pues el parto de su única descendencia lo intuía inminente

Su marido poco tardó en sucumbir al ansiado matrimonio pues el adoctrinamiento paternal, que impedía ver a su esposa como una persona libre, estudiosa, y colaboradora con la unidad familiar a base trabajo, becas y estudios; y a la negativa marital tácita, pero patente, terminó en divorcio antes de un año. Mas quedó la semilla que posteriormente sería quien plasmaría en letras la saga de desgracias que todavía acontecerían más acendradamente debido al machismo recalcitrante que azota, a las mujeres por el simple hecho de haber nacido de distinto sexo.

Además, ella no tenía otros recursos personales a su mano, y residía sola en un humilde piso en la periferia de Madrid, donde vivía a base de su trabajo nocturno, a la par que compatibilizaba su tiempo con sus estudios de doctorado incluso a pesar del poco tiempo libre de que disponía

Su padre, chapado a la antigua usanza, veía una estupidez en las inquietudes y estudios de su hija, por lo que nunca se interesó por sus progresos e incluso era un remedo de quien fue su yerno. De hecho, repitió con su madre lo que le aconteció en su propio matrimonio, y quien también se divorció, lo que fue todavía peor para ella debido a que, durante su niñez y juventud, lo sufrió pasivamente en la figura de su madre.

Rápidamente, su madre condujo su viejo coche desde su pueblo hasta la capital para acompañar a su hija, pero bajo tan lamentables circunstancias, que convertían en dolor la felicidad que se supone en el nacimiento de una nueva criatura.

Afortunadamente, durante el alumbramiento todo fue maravillosamente y, en dos días, de vuelta a casa con su hija y la novísima nieta, pero, lamentablemente, la covid_19 hizo su fatal estrago y, en menos de una semana, su madre falleció bajo las más penosas circunstancias de soledad, amargura, aflicción y pena.

No cabía más dolor en un alma martirizada por la desdicha, cuando recibió una carta certificada que la aterraba in extremis, pues la propiedad de la vivienda, cuyo dueño era su exsuegro, estaba en fase judicial de desahucio, por lo que se temía lo peor en aquellas circunstancias tan difíciles para su mente aún joven y sin entender tanta desgracia desde siempre.

No podía soportar ya más tristeza en su corazón cuando temblorosa abrió la misiva en la que, sorpresivamente, se le adjudicaba una plaza de docente en en Florencia, tras cursar su máster .

Con lágrimas y llanto inconsolable, a sí mismo se hablaba: —“ Por qué no pudiste vivir un segundo más para saberlo, Madre, ”; a la par que se conmovía entre pesar y alegría.