1473. MADRID ME ODIA
Amparo Álamo Torres | Camareónica

Parece increíble, pero es la tercera vez que intento ir a Madrid este año. Sí, sí, la tercera y todavía no hemos terminado marzo. De hecho, voy tecleando en el tren con un ojo en la pantalla y el otro arriba por si sucede algún fin-del-mundo que me impida llegar a mi destino. Ya no descarto nada, sencillamente.

Se podría decir que tengo un cactus en el culo, pero también podemos confirmar que Madrid me odia y no se molesta en disimularlo ni un poquito.

Vengo de la playa de los madrileños, y a lo largo de los años he ido observando cómo los jóvenes talentos de mi círculo cercano han emigrado a la big city en busca de éxito. Algunos han vuelto con el rabo entre las piernas y sus lágrimas tatuadas en billetes de AVE; otros asoman el hocico por su alféizar de 50cm en Villa Verde mientras suena de fondo “Hello, darkness, my old friend…”; y otros comparten piso con cualquier integrante de Celda 211 con tal de no desangrarse al pagar el alquiler en Malasaña. El caso es que hace años que Madrid se llevó a varios amigos y algunos amores y, no sé, la odio un poco. Casi tanto como ella a mí.

Creo que ese resentimiento ha llegado a su cúspide de reciprocidad en 2022. Ya estaba a puntito de colgarme la medalla de superviviente de la COVID-19 cuando… ¡zas! Soldado caído. Una salida tonta un sábado, un desconocido invitándome al chupito de más que nunca debió entrar, unos dardos para ver quien tiene la peor puntería yendo bastante elegante… y el caso es que no sabes cómo ni cuándo, pero ómicron se unió al chat. Di positivo el día anterior a mi primer viaje a Madrid postpandemia. En serio, después de dos años, ¿cómo es posible? Al menos los síntomas me avisaron a tiempo de no hacer la maleta. Un detalle.

No pasa nada. Cambiamos de fecha los billetes (los regalos de Renfe son como un cometa, solo pasan una vez cada siglo y hay que aprovecharlos) y ponemos nuestra fe en febrero, que nos espera otra visita a la capital. Bueno, en esta ocasión nuestra anfitriona tuvo a bien sufrir una lesión cerebral que la mantuvo semanas postrada en la cama sin posibilidad de moverse. Pobre mía. Pero, de verdad, ¿qué posibilidades hay de que se vuelvan a alinear los planetas y tengas que cancelar un segundo viaje a Madrid en menos de un mes? Todo al blanco. Dream big. Ojalá la misma puntería para poner de acuerdo a cualquier grupo de Whatsapp para tomar unas cañas.

Para este tercer intento estoy barajando varias opciones de imprevisto. ¿Los murciélagos de Rasputín chamuscando el motor a la altura de Cuenca? ¿Asalto al tren por unos gremlins? ¿La caricia de un puma al llegar a Atocha? Hagan sus apuestas.