1270. MAGIA
Alberto José Hernández Morán | Al Tainiteil

«Los ilusionistas tienen los días contados» solía pensar Juan al despertarse. Juan era uno de los pocos magos que el mundo tuvo la ocasión de conocer y el único del que él era conocedor. Dios no quiso perderlo de vista y lo hizo nacer con dos rasgos distintivos: una melena del color de la noche y un poder mágico. El día en que descubrió el segundo su vida dio un giro de trescientos sesenta grados. Era capaz de mover el aire con su boca. Pero no lo movía de cualquier manera. Era capaz de dirigirlo.

Desde pequeño fue la envidia de sus amigos e, irónicamente, trabajó duro para convertirse en el mago no solo más poderoso del mundo, sino en el más famoso. Todo el mundo sabe que existen pocas habilidades sobrenaturales más poderosas que las de Juan. Más aún cuando eres el único ser que las posee. Por eso, competir por la fama, que era mucho más entretenido, fue su principal motor.

Comenzó su carrera profesional con pequeños espectáculos en su ciudad natal, pero antes de lo que cae una pluma al suelo tuvo que ampliar su mercado. Se mudó a la capital y, mientras la pluma seguía cayendo, se hizo archiconocido. Desafortunadamente, el éxito fue breve y tuvo que reinventarse. Decidió contratar a una ayudante. Haizea se llamaba ella. Empezó siendo bastante escéptica, pero asombrarse con los poderes de Juan a diario hizo que acabara por creer. Quiso ser maga también.

De nuevo, la novedad del espectáculo duró lo mismo que un suspiro y Juan comenzó a quedarse sin ideas. Supo entonces lo que era el estrés y empezó a sufrir por su otro don, su melena, que poco a poco empezó a desaparecer. La imagen de sus pelos cayendo inspiró el que sería su último número. Tumbada en un cama, semidesnuda, Haizea soportaría el terror de ver caer una pluma sobre ella. Pero no una cualquiera: una impregnada de purpurina. Si la pluma caía ni los poderes de Juan podrían quitar la purpurina de su cuerpo. Era arriesgado. Por suerte, él estaría ahí para impedirlo.

El destino quiso que en una de sus actuaciones dos de sus pelos cayeran en la boca de Haizea, que gritaba horrorizada por la purpurina. Tosió y sopló el primer pelo fuera. La pluma se elevó. El público enloqueció. También era maga. El segundo pelo se resistió hasta que, envuelto en babas, llegó hasta el techo. El público enmudeció. Hubo quien se desmayó. No solo controlaba el aire; también el agua.

Consumido por la envidia, el mayor mago que ha existido nunca (Juan) decidió, en su último aliento, desvelar su truco. Desde entonces las personas sabemos respirar por la boca.