MAL D’AMORE
Daniel Carazo | DanielCarazo

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Llegó el día señalado. Por fin iba a cenar con quien tanto deseaba hacerlo. Ella me atrajo desde que llegó a la empresa y, por fin, iba a tener la oportunidad ansiada. Quién me iba a decir a mí que esa noche iba a cambiar tan radicalmente mi vida. Si lo hubiera sabido, quizá no hubiera ido al restaurante.

Nos citamos en el “Mal d’amore”, precisamente ahí. Ella acudió especialmente radiante. Llevaba los pantalones negros ajustados que tanto me gustaban y los combinó adecuadamente con una blusa blanca, fina y de peligroso escote. Yo competí con mi mejor camisa de seda y los zapatos más elegantes que encontré en mi desolado armario, pero quedé claramente derrotado al no abandonar los eternos vaqueros. Aguanté su mirada y, sin pensarlo demasiado, la invité a pasar a la sala.

Preguntamos al maître por nuestra mesa y ahí empezó el fracaso de la noche. Sin yo saber que estaba invitado ya nos esperaba nuestro jefe, muy elegante, excesivamente sonriente y exageradamente receptivo; todo ello bien demostrado levantándose al instante y lanzando al aire el primer brindis de los muchos que vendrían después.

Me senté al lado del intruso en una mesa para cuatro; ella enfrente. La cena fue incómoda en cuanto a compañía, no así culinariamente, que fue lo único que disfruté en las siguientes dos horas y media. Los comentarios cruzados entre ellos me dejaron fuera de juego, lo cual me cabreó en exceso e hizo aflorar de mi interior muy malas intenciones. Capté guiños, gestos y roces de manos amparados en la excusa de celebrar cualquier cosa dicha. Aquello derivó en oscuros pensamientos que desembocaron, lamentablemente, en los hechos que iban a acontecer a continuación.

Con la segunda botella de Ribera ya vacía, y esperando la de cava para seguir brindando, animé a mi rival a acompañarme al baño. Él, sin ocultar una extraña sonrisa, se levantó y siguió mis pasos. Ella se quedó relajada, sin imaginarse que ya no volveríamos los dos.

Lo que pasó dentro del aseo, queda para mí. Solo puedo decir que él se puso a la defensiva e intentó negar mis acusaciones con una excusa que, lamentablemente, ya no escuché. Cuando quiso exponerla, ya le había golpeado la cabeza contra un espejo que se hizo añicos, igual que mi vida.

Lo dejé tumbado, inerte y perdiendo una buena cantidad de sangre. Volví a la mesa y encontré a mi compañera en animada charla con otro hombre. Nada más verme, nerviosa, me hizo un gesto queriendo avisarme de que por fin iba a revelar el secreto que despejaría las nubes de mi cabeza: me presentó a Roberto, el joven novio de nuestro jefe y responsable de recursos humanos en la empresa.

Era ya de madrugada cuando salí del restaurante, esposado y custodiado por la Policía. Antes de que me empujaran al interior del coche patrulla pude ver cómo ella, desconsolada, empapaba de lágrimas la camisa de Roberto.