1232. MALDICIÓN
Víctor Lorenzo Claver | ANACLETO

Anacleto y Baldomera, dos jubilados sexagenarios, compañeros de apartamento en la residencia apartotel Último Amanecer, circulaban a toda pastilla en un todoterreno pilotado por la mujer. No querían sucumbir al desabastecimiento que la inesperada huelga de transportes estaba provocando en todo el país.
⎯ ¡Maldición! ⎯gruñó Baldomera con voz de contralto poco solvente⎯ ¡Quítate los pantalones antes de que arruines por completo la tapicería!
La erupción en un volcán del Pacífico, igualmente inesperada, había provocado un tsunami en esas aguas y un extraño fenómeno en el Mediterráneo: la subida del nivel del mar acompañada del aumento desmesurado de los registros barométricos en la comunidad valenciana. Los daños colaterales del subidón de presión los empezaban a padecer los varones de la zona.
⎯ Trato de minimizar los daños ⎯dijo Anacleto intentando mantener la atmósfera de cordialidad⎯.
En la loca carrera hacia el supermercado, Anacleto había sentido la no tan insospechada llamada de su próstata. Ante la urgencia de rematar la compra de papel higiénico y otros productos básicos, Baldomera no quiso detener el vehículo, así que, vista la emergencia, había propuesto a Anacleto que vaciara su vejiga en la bandeja multiusos que se encontraba bajo el asiento del copiloto.
⎯ Estas bandejas cochambrosas están mal calibradas y tienen los bordes deformados ⎯dijo Anacleto para justificar el desaguisado que acababa de provocar⎯.
El pobre Anacleto había intentado orinar con precisión sobre la superficie propuesta por su compañera, pero el estilo de conducción de Baldomera, un goteo constante de paradas inexplicables y feroces arrancadas, había provocado el completo desparrame de la orina sobre la inmaculada tapicería del nuevo, silencioso y caro híbrido.
⎯ ¡Los calzoncillos también, maldita sea! ⎯reclamó Baldomera hecha un huracán⎯.
La excursión en busca de víveres había empezado mal, muy mal. Anacleto, sabedor de la fuerte personalidad de su compañera, decidió despojarse de los calzoncillos y humillarse ante semejante vapuleo.
Tras atravesar el vehículo en el parking del supermercado, inutilizando por ello tres plazas de aparcamiento, Baldomera franqueó el acceso al local como un misil hipersónico mientras Anacleto, desposeído de toda autoridad, aprovechaba para conectar discretamente el coche al punto de recarga.
Cuando Baldomera se dirigía a la caja para liquidar la abundantísima compra que desbordaba los confines del gigantesco carrito, una noticia compartida por una pareja de hípsters corrió como la pólvora: el Gobierno se había bajado los pantalones ante la patronal de los transportistas aceptando todas sus exigencias. La huelga había sido desconvocada. Todo volvía a la normalidad.
⎯ ¡Maldición! ⎯refunfuñó Baldomera mientras devolvía a las estanterías la ya innecesaria compra y aprovechaba para echar al cesto un primoroso pijama de algodón⎯.
Superada la inquietud por el posible desabastecimiento y completada la carga ultra rápida del vehículo, solo faltaba la penúltima instrucción del día.
⎯ ¡Anacleto, deshazte del pantalón y los calzoncillos, ponte enseguida el pijama y recoge el cable!
El camino de vuelta al apartotel resultó tan plácido como iba a serlo el resto del día. Ya estaba aquí la tan ansiada normalidad.