1229. MALDITAS TECNOLOGÍAS
Nuria Rodríguez Fernández | Misery

Llamadme rara pero, donde esté una cita como las de antes, que se quiten las aplicaciones de ligoteo. Jamás las hubiese usado si no llega a ser por la maldita pandemia y a día de hoy, aún estoy arrepentida.
Con 46 años y más sola que la una, me vi encerrada por meses en casa. Tuve tiempo de enredar con redes sociales, buscar exnovios en Facebook y crearme un perfil en Tinder. A los 5 minutos de hacerlo ya tenia más de 60 likes , 20 conversaciones pendientes y 2 propuestas de matrimonio. Descartados los salidos, tarados y frikis, me quedaron solo 3 candidatos que parecían medio normales, con los que entablar una conversación. De estos tres, solo me enganche con uno ya que los otros dos me mandaron la foto de su pene en cuanto les di mi número de teléfono.
Ramón era distinto, culto, interesante y siempre tenía la palabra exacta. Compartíamos aficiones y comenzamos una tórrida relación vía internet. No había visto ninguna foto suya en la aplicación ya que como era profesor de primaria, temía que alguno de los padres de sus alumnos pudiesen reconocerle, lo entendí y no le di ninguna importancia.
Después de más de una conversación subida de tono y de mandarle toda mi anatomía por foto, por fin, recibí una suya. Sin duda era todo un dios griego además de gilipollas, pues la foto era de Andrés Velencoso en su último posado en Ibiza. Reconozco que me sentí humillada y dolida, y no le di opción a explicarse, bloqueé su contacto y me di de baja en la aplicación. Por suerte, a las pocas semanas de aquello, volvimos a salir y la soledad se hizo menos pesada. Echaba de menos, después de la experiencia, el ligoteo a la vieja usanza. No hay nada como el acercamientos en los bares, citas en un buen restaurante y que el único filtro que exista sea directamente proporcional a la cantidad de alcohol que hayas ingerido, como toda la vida.