35. MALLORCA. SIFUERA UN MILLONARIO EXCÉNTRICO.
CARLOS YUSTE GARCIA | Carlos Yuste (ps)

El Lamborghini Gallardo existe por 2 razones: una es que hay gente con mucho dinero; otra, que a esa misma gente le produce un gran placer tenerlo.
Estas razones son las mismas que mueven a quien tiene un zoo particular o contrata un viaje al espacio, es decir, tiene dinero y se lo gasta en cosas que le producen placer. Sencillamente.
Una de las representaciones de la grandeza del ser humano se cristaliza en la gran variedad de cosas que le gustan, y en las que, por tanto, invierte su dinero. Desde papel higiénico de un número concreto de capas, a unos pastelitos del Cáucaso, pasando por la investigación del daltonismo.
Esas sensaciones -ese nerviosismo, esa ilusión tintinenante y esa alegría comprimida que tiene el que va a recoger su Lamborghini Gallardo, son las que a otros nos las producirían otras cosas.
Si Fuera Un Millonario Excéntrico es una chequera a la imaginación.
Aunque no es bonito hablar de dinero si fuera un millonario excéntrico, ofrecería medio millón de euros a Pastelerías Mallorca por dejarme decorar los escaparates de su tienda de la elegante calle Serrano de Madrid con unos muñecos hechos de la siguiente forma: depilaría la espalda a doscientos ferrallas y tractoristas onuvenses. Con esa mezcla de cera líquida y pelo negro -de un grosor capaz de ser conductor de electricidad, se procedería a llenar moldes con la forma de los personajes de Winnie the Poo.
Los engendros de cera y pelujos resultantes serían expuestos en dicho escaparate junto a pastitas de té, huesos de santo y buñuelitos.
Tambien, si fuera un millonario excéntrico, me gastaría 52 millones de euros en comprar y mantener por algunos años los Cines Renoir, meca del cine intelectual; y en versión original. Para ser realistas, solo programaría de jueves a domingo, pero la entrada sería absolutamente gratuita. Ni el nivel ni la calidad de las cintas se verían afectados.
Lo único es que, cada media hora -con un máximo de tres cortes por película-, la proyección quedaría interrumpida durante tres minutos para emitir un video promocional de las fiestas de El Provencio. Siempre sería el mismo. Año tras año. Década tras década.
Tres veces por cada proyección. Tres veces por película. Las películas, lógicamente, cambiarían; el vídeo, no.
Y quizás, por último, si fuera un millonario excéntrico, hablaría con el vecino de mi amigo Roberto. Roberto tiene un chalet pareado a las afueras de Madrid. Su jardín está separado del de su vecino por una fina valla. Pues bien, llamaría a la puerta de dicho vecino y le ofrecería mil millones de kwanzas angoleños -esto es, 7,5 millones de euros- si me permitiera levantar en su jardín una estatua hiperrrealista de nueve metros. Hablamos de la representación del propio Roberto, desnudo, con una piedra de curling en la mano. Las únicas cláusulas serían la imposibilidad de cambiar de domicilio durante 20 años y, por supuesto, la obligación de mantener la magna estatua en perfecto estado de revista.
Afortunadamente no soy millonario, por eso lopto a este premio.