803. MALOS TIEMPOS
JUAN CARLOS GONZÁLEZ SEBASTIÁN | Hypatia

–Fresca, brillante, antihistamínica. Así soy yo.
–¿Has traído el análisis de sangre?
–Aquí lo tiene, compruebe que estoy sanísima.
Ella no entendía el porqué del análisis o porque el casting se hacía por la noche. Su único deseo era participar en aquella película. Hubiese hecho cualquier cosa por ello, necesitaba el dinero urgentemente.
–Estás preseleccionada. Solo falta la prueba de antígenos.
–Gracias señor…
–Señor Vladislao, pero me puedes llamar Vlad.
Ella saltó de alegría y le intentó dar un beso en los labios, pero él le hizo la cobra y se lo devolvió en la frente. Ella ingenuamente creyó que, a diferencia de otros directores, era un acto tierno, pero para Vlad era solo el instinto de supervivencia. Antes el sida, después la gripe-A y ahora la COVID estaban diezmando su especie. Toda precaución es poca se dijo, mientras un grito lastimero salía desde lo más profundo de sus tripas gritando una sola palabra: ¡muerde, muerde! La idea de la película había sido estupenda. Le insertó el palito en la nariz y le dio las cinco vueltas preceptivas en cada lado. Tres gotas en el orificio y solo quince minutos lo separaban de un suculento festín, pero la mirada de ese cuello blanco y virginal le ocasionaba un dolor insoportable.
–Alexa, por un temporizador de quince minutos.
–El temporizador de quince minutos empieza ahora.
–Señor conde, que candelabros más bonitos tiene.
–Son de plata con incrustaciones de piedras preciosas, heredados de generación en generación. Hacen juego con la cubertería.
–Nunca había visto nada igual –dijo ella pasando las yemas de sus dedos por el contorno de uno de ellos, visiblemente emocionada.
Otra vez se quedó mirando el cuello de la muchacha. En un acto reflejo, apretó la mandíbula y se mordió la lengua.
–¡Hostia puta!
–¿Le pasa algo?
–No, prefiero esperar en la otra sala –dijo pensando que eso calmaría su ansiedad.
Cogió el casete de prueba y salió de la estancia. Quince minutos, solo son quince minutos, se dijo, ahora ya menos. ¿Y si da positivo? ¿Miro o no miro? Venga no seas cobarde, se dijo para infundirse valor. La línea de Control estaba adquiriendo un tono morado, pero la del Testeo seguía en blanco. Cruzó los dedos y salivó. Cerró los ojos.
–Pu, pu, pu, pa, pa –Se oyó desde el exterior.
–¡Alexa, para el temporizador! –gritó.
Inspiró fuerte y abrió los ojos mirando el casete. La línea de Test seguía en blanco. El corazón le dio un vuelco. Volvió a salivar. Solo se escuchaba el latido rítmico unido al ruido de su estomago vacío. Se pasó la lengua por sus afilados colmillos y salió al encuentro con su víctima como un adolescente en su primera cita. La habitación estaba vacía. No había ni rastro de la chica. A lo lejos, pudo oír el ”Pu, pu, pu, pa, pa” alejándose, y junto con él, sus candelabros y su cubertería. Luego, antes de que decidiese qué hacer, el ruido del motor de un coche se diluyó en el silencio.