1043. MANO DE SANTO
Lola Rivas Rodríguez | 1707

A ver, que no es por no ir, que yo si hay que ir se va. Tengo paciencia de santo, pero se me va a acabar. Que me pida algo sencillo, qué sé yo… el Santo Grial. Algo fácil, con mesura, que hoy no me veo capaz, que me juego mi sustento, mi hombría y lo que es peor, este miedo a los dragones acabará con mi honor.

Así empieza el día Jorge, entre quejas y lamentos, como si un héroe dudase y no los tuviese bien puestos. Él se debe a su princesa, es su devoto servidor, sabe que hará lo imposible para conservar su amor. Con su boquita de fresa, cada vez exige más: versos, proezas, ¡la luna! Vos pedid y se os dará. Pues hazlo tú, mi tesoro, cielito lindo, lucero, que hay que ver como abusamos de este pobre caballero.

Al alba vemos a Jorge abandonar el hogar: ánimo gris, casco negro y rojo corcel de metal. Intenta ignorar muy fuerte esas voces de su mente, que le hablan de un dragón con tanta hambre como suerte. Su montura se detiene frente a una oscura guarida; allí se oculta el dragón, en su torre de oficinas. Jorge acaricia su espada y trepa veloz a la torre. Abre la puerta del monstruo, que tras un café se esconde. El bicho se alza maligno en su pedazo despacho. Escamas, babas, pezuñas… ¡y zapatos italianos! Pero Jorge no se arruga, aunque se esté haciendo pis, aunque le ronde la muerte no tiene miedo a morir. Espada en mano le advierte por las buenas al dragón que su princesa está triste porque ayer la despidió.

El reptil abre sus fauces y le tritura la espada, suelta un eructo de fuego y le responde entre llamas: “¿Cómo osas, melenudo? ¿Quieres que llame a mi guardia? Reducción de personal, ya se lo dije a tu amada”. El monstruo se está acercando, echa humo por la nariz, brama algo por el móvil. Jorge, pírate de aquí. Viendo que el mal va ganando y su espada va perdiendo, le tira el café al dragón, da la vuelta y sale huyendo, gritando “¡Resistiré!” y chocando contra un tiesto. Monta en su rojo corcel hecho un mar de desconsuelo. Ha perdido la batalla y su señora el empleo.

Mas un amor de leyenda no precisa grandes gestas, eso lo sabemos todos y lo sabe la princesa, que no quiere un caballero, quiere a su Jorge de vuelta. Lo único que desea es que al final de cada día sigan juntos contra el mundo, que no es poca valentía.

Y colorín colorado regresa Jorge al hogar, lamentando una batalla perdida antes de empezar. ¿Qué hombre no lucharía por tan bella tentación? ¿Cómo va a negarle algo a semejante visión? En el jergón la princesa yace excelsa, madre mía, una rosa entre los dientes y un escaso picardías. Adiós a las armas, Jorge, y al diablo con el dragón, tú que eres mano de santo desnúdame el corazón.