1486. MANUEL Y YO
Diego Moon | Dienor

Siempre tuvo buena mano, en especial, para acariciarme o tocarme la cabeza. Cada vez que sucedía me daban cosquillas en la panza. La primera vez ni me moví un poquito, me quedé quieta en la ducha y no sé por qué comencé a bañarme como si estuviera bañándome con mi novio. Traté de imaginar su rostro, joven vigoroso, sus brazos fuertes musculosos. De verdad creía que era un príncipe mágico o algo así. Cada mañana al despertar tenía un peinado diferente, yo sentía su cuidado al tocarme y no me movía. Si sonaba el timbre o el despertador automáticamente dejaba de hacerlo. Un día me dejó la cabeza de dos colores. Empecé a hablar con él cuando estábamos solos, intentaba contarle qué eran esos timbres, para que no se asuste, pero un día pensé que me estaba volviendo loca, que era yo quién debía pedir ayuda por esto. Ana me dijo que tal vez eran alucinaciones, que yo soñaba o divagaba un poco, como no me convencí, recurrí a una psicóloga y ella me dijo que no creía en esas cuestiones, que llame a un cura. Fui a ver al padre Juan y se vino con toda una serie de elementos, seguro de que se trataba de un endemoniado, a pesar de mi insistencia en que no tenía nada de endemoniada la situación, él pronto se armó un circo y me echó agua en la frente al momento en qué gritaba propio como endemoniado, “sal de ese cuerpo espíritu del mal, sal de este cuerpo, deja a esta chica en paz”. Yo lo miraba absorta, sin entender nada, en ese momento salió la cruz volando por la ventana y el padre Juan salió corriendo sin explicaciones y yo quedé como al principio, confundida, pero feliz porque supe que aún no se había ido.
Un día tocaron la puerta, atendí sin pensar en que estaba haciéndome un cardado. Eran de hacienda, venían a ver si quedaban herederos de Manuel Ibarra, al parecer un excelente peluquero que había vivido aquí durante muchos años, hasta que un día lo encontraron con un navajazo en la garganta, nunca supieron quién fue ni por qué. Parece que el hombre tenía una enorme deuda con hacienda y esta gente que sabe persistir, había venido aquí por cinco años consecutivos sin encontrar a nadie, ahora que estaba yo, querían a toda costa hacerme familiar del muerto. Les dije, qué no y les expliqué por enésima vez que yo me había mudado hace solo dos meses atrás. Se fueron no sin advertirme que volverían. Buen pues, que hagan lo que quieran, pensé. Cuando llegué al baño y vi que tenía un estupendo cardado por la mitad, me dio risa y empecé a reírme, de pronto escuché por primera vez su voz, se reía como yo, me gustó. En el espejo escribió con labial “Un día te contaré”.
Fue así, todos los días me contaba un poco de su historia, hasta que me dormía.