37. MANZANA REINETA
Javier Vidal | Mister Marshall

Una madrugada conocí a una chica muy alta, dato en principio irrelevante que rige los perfiles de Tinder: «Abstenerse chicos de menos de uno ochenta». Eres un cuerpo invisible, un acondroplásico paticorto y por lo tanto un cero a la izquierda de un cero a la izquierda. ¡Ni lo sueñes, pigmeo! Y tu cabeza se llena con estas mierdas en las escaleras de un local de moda.
—¿Qué tal? —me preguntó desde un peldaño menos.
—Bien, ¿y tú?
—Muy bien. ¿Vienes mucho?
—Sí.
—¿Y no vas a bajar?
—Ah.
—Por cierto, me encanta tu música.
—Muchas gracias. ¿Nos conocemos? —le pregunté bajando muy despacio.
—Conozco tus canciones. Por cierto, mi nombre es Miss Sarajevo.
—Muy original. Supongo que no será tu nombre real. Encantado. Yo soy Unax Ugalde.

Olía a manzana reineta y sus ojos podían ser verdes, azules o marrones. Daba igual, era altísima y tenía mala piel. Y yo tan pequeño a su lado, un técnico del VAR cerca de los urinarios del estadio.
—Pues nos vemos por aquí, ¿no?
—Sí.
Esa noche la besé de puntillas en el baño y le metí un dedo por dentro de las bragas.

Quedamos tres días después. Olía igual y parecía más alta. Fue extraño pasar del intercambio de saliva nocturno a una calle de día, escenario neutral antes del coito. Dimos un paseo en círculo, le mostré la iglesia y el kiosco de periódicos y la invité a tomar un vaso de agua de Madrid en casa.

—Mi hermana no vendrá hoy a dormir —dije abriendo la puerta.

Con ella descubrí que la diferencia de altura cuenta menos sin ropa, intimidad que se convirtió en una sesión de porno con subtítulos. A oscuras y con la boca seca decidimos trasladarnos a un salón compuesto por dos mesas del Ikea, tres sillones ahumados, una televisión y una cinta de VHS de Ingmar Bergman.

—Javi, quiero comerte el culo mientras te toco.
—Claro —contesté.

Me incliné sobre una de las mesas y le mostré mi bien más preciado y en pompa. Fue maravilloso, ni fuerte ni blando, la presión justa hecha lengua. Y ella seguía y seguía y yo me concentré en la puerta de la entrada para aguantar más.
—Dos metros y medio de alto, un metro veinte de ancho. Presenta unas molduras alrededor de una mirilla sobre cerradura de cobre. El picaporte…
—¿Qué dices? —preguntó.
—Nada, cosas mías.
En ese instante mi hermana Marta abrió la puerta de casa.

Versión de mi hermana: Estaba un poco borracha y tenía antojo de quinoa. Es verdad que el imbécil de mi hermano me había dicho que le avisara, pero se me pasó. Abrí la puerta y me lo encontré ahí, desnudo y a cuatro patas sobre la mesa del salón. El tiempo se detuvo, dijo «esto no es lo que parece», respondí con un «perdón» y volví a cerrar. Mientras corría escaleras abajo percibí un intenso olor a manzana reineta.