Mar Menor
María Cecilia Guelfi | María Plata

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Igual que en mi relato, el dueño del lugar en el que me alojaba era un tipo bronceado y extraño. Igual que en la ficción, el alojamiento no tenía Internet. Igual que lo hacía el personaje de mi cuento me procuré una bicicleta para recorrer la zona. Igual a como lo había escrito, la ciudad estaba poblada por gente de costumbres misteriosas y, como en mi historia, entre esa gente, vigilando, estaba él.

Me acerqué a hablarle pensando que tantas casualidades no eran posibles, sintiendo que yo había creado ese lugar y a sus habitantes al escribirlos. Me acerqué a él pensando que si lo había creado no debía tenerle miedo, porque era mío. Me decidí a no ser tan cobarde como el personaje de mi cuento, pero cuando estuve a punto de escuchar su voz por primera vez apreté los puños. Le pregunté si sabía qué estaba yo haciendo ahí. Tienes pinta de buscar algo, me dijo. ¿Te gustaría saber qué? Da igual, por aquí encontrarás poco. Estás tú. Tienes razón, puede que sea lo que necesitas. Reculé: Esta conversación me está poniendo incómoda, dije. Pues fíjate cómo la arreglas, la has escrito tú, sonrió.

Se puso de pie, empezó a caminar en dirección al mar, me miró y con un movimiento de cabeza me indicó que caminara al lado suyo. Se sentó en el escalón que bajaba a la playa, me senté con él. ¿Cómo sabes qué hago aquí? Miró el mar que no se movía. Llevas cinco días paseándote por aquí, has hablado con gente y aquí nos conocemos todos. Soy lo que buscabas, un giro inesperado, una sensación de peligro que acaba bien, el elemento sorpresa.

Le conté lo que me había ocurrido durante esos días, le hablé del viento que me había hecho volcar con la bici en medio de la carretera, de la picadura de medusa, de los flamencos, de los molinos, de los mosquitos, de la gente que recogía las algas. Lo llevé de la mano a los lugares sobre los que había escrito. Le expliqué que había inventado una historia que sucedía en su ciudad sin haber estado nunca ahí. Le dije que estaba encontrando tantas cosas que eran como las había escrito que había empezado a creer que mi historia era verdad. Cuando llegamos al club náutico saqué la versión del texto sobre la que estaba trabajando y le leí la aparición del personaje al que mi protagonista se refiere como joven atlético, se reconoció.

Es una suerte para ti que ese joven atlético no sea malvado. Eso no lo sabemos, le dije yo, feliz, mira en la página 31, joven atlético se va al mar con su amigo, pero solo vuelve él. Mi protagonista no repara en este detalle, pero el amigo no vuelve a aparecer en el relato, puede haber ocurrido cualquier cosa. Es verdad, tu protagonista debería prestar más atención a los detalles, me dijo, mientras me daba la mano para ayudarme a subir a su velero.