MARCHA
MIGUEL SÁNCHEZ ORTIZ | MIGUEL UMMNOSEP

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Yo acababa de llegar del mercado, que fui a lo de la Antonia a comprar quivis. Yo no sé tú pero yo sin mi quivi no puedo ir al baño. Me acerqué también al puesto del Baldomero a ver si tenía choricillo picante. A mí es que me gusta echarle un poco a las lentejas, ¿sabes? Que le dé un picorcillo suave. Luego mi nieta me regaña y se pone colorada como un tomate porque le pican mucho. Y eso que ella no se come el chorizo. Ahora dice que le dan pena los animales y no quiere más que verde.



Mi María es un primor de chiquilla. Más buena que todas las cosas. Guapísima e inteligente como ella sola. Está fuertota pero tiene una cara tan guapa y unos ojos tan grandes que parece un angelito.



Yo acababa de llegar del mercado y mi María vino a verme. Me ayudó a colocar la compra y luego nos sentamos en el brasero las dos un rato con el Pasapalabra de fondo. Iba a empezar el roscón y en un de repente me apaga la tele y me dice que han hecho marcha conmigo.



– ¿Marcha? ¿Qué marcha ni qué ocho cuartos? Anda, dame el mando que como me pierda a mi Pablo yo sí que te voy a dar marcha.

– Abuela, que has hecho match. Que has ligado por Internet.



Que habían hecho marcha conmigo.



– ¿Pero eso cómo va a ser, Mariquilla? Si yo uso el móvil solo para llamaros. Tiene que ser un virus de esos.

– A ver, abuela, ¿no te quejas siempre de lo sola que estás? Pues cogí las fotos que te hice en la comunión de la Carmen, ¿te acuerdas? Y te he hecho un perfil en Tinder.

– ¿Pero cómo me vas a hacer tú a mí eso, Dios bendito?

– No sabes lo que triunfas, abuela. Estás hablando con uno que se llama Mere y hoy habéis quedado. En realidad es Ermenegildo pero en el perfil pone que prefiere que le digan Mere. Así que tienes una cita con Mere esta noche. Corre, vamos, que tienes que ponerte guapa.



Y eso hice. ¿Qué iba a hacer si no? Me puse el conjunto de raso violeta de hace dos pascuas. Ese de chaqueta y falda con botones en oro. Me avié mis medias y mis perlas majoricas, pero me temblaba tanto la mano que mi María me tuvo que ayudar a pintarme los labios.



Parecía un rabo de lagartija de los nervios, pero estaba resultona, las cosas como son.



Mi María me llevó en coche al mesón La Estación y allí ya estaba Mere esperándome.



Se le veía un hombre agradable, serio. De dientes andaba escaso pero no tenía una sonrisa fea. Aunque, la verdad, su dentadura me importó nada y menos. Yo solo tenía ojos para lo que había entre sus manos: el pobre traía un ramo de rosas hermosísimo.



Era la primera vez en toda mi vida que me regalaban flores.