474. MARÍA JESÚS
DANIEL REMÓN | NICANOR UZENTAL

A las doce de la noche, mientras su marido duerme y en la televisión entrevistan a un epidemiólogo madrileño de veintisiete años que trabaja desde hace cuatro en un centro de investigación a las afueras de Maputo, capital de Mozambique, la mujer olvida su nombre.
Baja en chándal al portal y lo busca en el buzón.
No lo encuentra, se acaban de mudar.
Busca su monedero.
No lo encuentra.
Busca su teléfono.
Tampoco.
Tampoco el teléfono de su marido, que ya hemos dicho que duerme.
Mira, a su alrededor, las cajas de la mudanza.
Cuántas cosas, piensa. Tenemos demasiadas cosas.
Es una de esas frases que se dicen, o se piensan. Frases como: Tenemos que vernos más. No nos damos cuenta de la suerte que tenemos. Aprovecha el momento. O: Ahora ya, olvídate. Todas sus amigas son madres y todas, al saber que está embarazada, le han dicho enhorabuena y esto es lo más bonito que te va a pasar en la vida y esto es muy duro, eso sí, ojo con esto, y le han dicho también: Ahora ya, olvídate.
¿Que me olvide de qué?
Abre una caja.
Ropa de invierno.
Abre otra.
Sartenes y cacerolas.
Otra, otra, otra más.
Patucos y bodis de bebé regalados por familiares.
Libros.
Zapatos.
Papeles de su marido, que cuando no duerme, como ahora, escribe.
El feto está cambiando de postura cuando su madre se pincha con el borde afilado del cartón de la última caja que le queda por abrir. Un circulito rojo asoma a la superficie de su dedo índice.
Se chupa la herida mientras despega la cinta de color beige.
Se acerca descalza por el pasillo y asoma la cabeza por la rendija.
Su marido no ronca, pero sigue durmiendo. Duerme boca arriba. Se parece a su padre. Todos los hombres, cuando sueñan, piensa, se parecen.
En la caja que le queda por abrir no encuentra el botiquín.
Pero encuentra, justo cuando está saliendo el sol, su monedero. Allí tiene la tarjeta de crédito, un billete de cinco euros, el carné de conducir que tiene aunque no se atreve a conducir desde que su marido le dijo que no sabía y se puso nerviosa y le dio un ataque de ansiedad y le tuvo que aparcar él el coche y la mujer, esa misma tarde, volvió a fumar y hoy, ahora mismo, está fumando mientras observa, como si fuera de otra, la foto de su DNI.
Ahí está, negro sobre rosa, su nombre.
Un nombre compuesto de diez letras.
Un nombre normal, ni bueno ni malo.
Tan común que no vale la pena ni decir cuál es.
Con el pasaporte en la mano contempla la maleta sin deshacer.
Ya que está, la coge.
Se cuela descalza en el dormitorio y besa a su marido en la boca.
Ha ido a la piscina después de trabajar y sabe a cloro.
Un regusto químico la invade cuando se va.