16. MARIÑA, CON M DE MARISCO.
Sonia Gonzalez | Songbr

Mariña entró al mercado como Thor debía cruzar las puertas del Asgard. Cabeza alta, pecho hinchado y aura de ser La Elegida.
Ser gallega le concedía el don de percibir el marisco más allá de su pinta y precio, un superpoder impagable en Madrid, donde la labia del pescadero suele tener más calidad que su marisco.
Comenzó a desfilar por el mercado con aire seductor y mocasines de velcro. Movía las caderas como Sara Montiel en sus tiempos mozos, arrastrando su octogenario carro de tela mientras los dueños de los puestos intentaban cortejarla con fines lucrativos.
Los pescaderos saben si alguien llega al mercado sin límite de presupuesto, lo huelen por encima del bacalao y las sardinas. Por eso, Mariña, que nunca escatimaba cuando se trataba de concha, era un caramelito de pelo blanco y flácidas pantorrillas.
“¡Señora, mire que pulpo más hermoso!” gritaba uno. “Yo diría que es más bien simpático” respondía ella mentalmente.
“Tengo almejas fresquísimas, oiga.” prometía otro. “Para fresco tú que te vi ayer en el bar con la rubia de la tenda de froita”.
Y así disfrutaba de ser la reina de la pista del barrio, hasta que llegó a su puesto de siempre. Se detuvo ante el expositor, sacó sus gafas de cerca y se puso manos a la obra.
Hay investigaciones del MI-6 menos precisas que el análisis mariscador de Mariña. Sus ojos miraban cada milímetro de producto, cada raja en el caparazón, cada ojo medio salido. Su nariz captaba olores que traspasaban la capacidad humana, olor a piscifactoría, peste a descongelado que ha sido recongelado para acabar reqetedescongelado.
A veces, incluso el propio marisco hablaba con ella. “Un ratito de placer, una semana de cagalera” le susurraron las gambas. “Este del bigote me ha metido agua por un tubo, literalmente. Retengo más líquidos que una embarazada” confesó la centolla.
Nada la convencía. Ya estaba pensando en cómo apañar la comida con unos grelos cuando que las vio. Unas nécoras más hermosas que Santiago. Cogió una, la miró a los ojos y leyó en ellos que con su ayuda iba a conseguir lo que tanto ansiaba: recochinearse delante de sus dos hermanas (ambas más mayores que el ya mencionado carro de tela).
Sonrió para sí, las pidió todas para llevar y mientras esperaba escuchó como un señor admiraba las famosas gambas con efectos secundarios y pedía tres kg con aire triunfal.
“Pobriños madrileños, dedicaos a las croquetas”.